Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

Con poca expectativa, Ecuador esperó el debate entre los candidatos presidenciales Andrés Arauz, de la alianza Unión por la Esperanza (Unes), y el líder de la alianza conservadora CREO-Partido Social Cristiano, Guillermo Lasso, el pasado domingo 21 de marzo. Luego de 37 años, dos contendores en segunda vuelta a la Presidencia se enfrentaron en un encuentro obligado por el Código de la Democracia.

Pero el debate -si a eso se le puede llamar debate- fue un desperdicio. Aportó poco a la decisión de un electorado dividido y desencantado y en consecuencia, la oportunidad de discutir sobre los problemas más acuciantes de un país que vive una de sus peores crisis económicas y éticas se perdió en el marasmo de las acusaciones personales. Un político hace siempre equilibrio sobre la cuerda floja de la mentira, pero sus gestos no siempre mienten. En medio del pajar, algunas señales asomaron en los silencios y en los gestos del que pudo ser el evento político más importante en lo que va de este siglo, pero terminó siendo apenas una anécdota.

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Lasso -sin corbata- mira directamente a la cámara, los ojos saltones, el cuerpo volcado hacia adelante, las manos entrelazadas. La mano derecha es la protagonista: alarga el dedo índice sin alcanzar a estirarlo como sí lo estiraba Velasco Ibarra, y lo recoge enseguida. El tono de voz se sitúa en frecuencias medias. Al principio, el candidato se quiere dirigir a la gente. Se toma tiempo para saludar a Andrés Arauz, a quien mira mientras lo señala con esa mano derecha semiextendida.

“¡Saludos y muchas gracias a quienes nos ven y nos escuchan!”, exclama para comenzar Arauz -con corbata-. Histriónico, frunciendo un poquito el ceño, extendiendo las manos como un anfitrión que bienviene al público de un espectáculo de circo, instaura una sonrisa que le servirá de comodín durante todo el programa. Arauz no entrelaza los dedos pero sí junta las yemas, luego toma la una con la otra como evitando apretar los puños con fuerza. Luego elige también el protagonismo de su mano derecha para comandar sus expresiones.

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El primer acto pone a prueba sus voluntades de cuidar o no el sistema de dolarización. Lasso cita la página 6 del plan de gobierno de Arauz y resalta que ahí Arauz propone poner “en cuarentena los dólares”. Y en efecto, esa es la propuesta de Arauz, provocar liquidez mediante la promoción de la circulación a nivel interno, tal como lo comprobó el equipo de Ecuador Verifica. Esa fue la primera señal de que sus asesores habían trabajado en usar el miedo a echar abajo la dolarización, un tema que para Andrés Arauz ha sido su caballito de batalla. De hecho, antes de ser candidato presidencial, dirigió y escribió para su blog Observatorio de la Dolarización, en el que se esbozan continuamente artículos y análisis sobre economía política, legislación en materia financiera, en el que se habla con frecuencia de la dolarización como un sistema que genera desigualdad y de un cogobierno entre Lenín Moreno y la banca privada.

Solo un mal acto de ilusionismo

Debajo del sombrero: la demagogia. “¡Vamos a poner dólares en los bolsillos de las familias ecuatorianas!”, exclama, mirando a los electores del otro lado de la cámara. Levanta las cejas para poner énfasis en ciertas palabras aunque el gesto no coincida con las palabras que quiere destacar, como cuando un ventrílocuo tira solo del cordel de la mandíbula de su muñeco pero pierde el control de los demás hilos. Luego fija la mirada en la cámara y junta las yemas de sus dedos. Ofrece “producción, trabajo y liquidez” pero no dice cómo los conseguirá y ese es el anuncio de que ninguno de los dos aspirantes a la silla de Carondelet se ocupará en explicar estrategias, planes, programas ni métodos. Solo se atacarán y soltarán algunas ofertas sin suficientes fundamentos. Trucos.

Arauz busca su respuesta a la primera interpelación de Lasso en los documentos de su carpeta anaranjada pero parece no encontrar nada. Hojea y vuelva a cerrarla. La deja a un costado y responde apurando un nuevo truco: con su mano izquierda saca del bolsillo de su pecho un billete de 20 dólares y recrimina a su contrincante tratándole de usted, a lo mejor porque Lasso casi le duplica la edad. Asegura que Lasso tendría un banco en Panamá y que preferiría sacar su dinero del Ecuador. Usa su índice derecho. Balancea su cuerpo ligeramente de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Cuando concluye, esboza de nuevo su sonrisa, como si esperara la recompensa de algún domador invisible por haber hecho bien su gracia. Así marca el tono. La señal es clara: no habrá lugar para la cortesía.

Solo un mal acto de ilusionismo

Lasso contraataca luego de mostrar sus papeles. Desde sus 65 años tutea a un Arauz de 36. “Planteas la desdolarización en el Ecuador”, le dice. Con dos dedos de cada una de sus manos sostiene frente a la cámara un documento en el que ha impreso un artículo escrito por Arauz en su blog. Con las hojas, durante unos segundos, se cubre el pecho. Luego reorganiza los papeles.

Pero Arauz replica indignado y asegura que fortalecerá la dolarización. “Porque sabemos cómo hacerlo”. Lo repite un par de veces más porque sabe que el miedo puede acarrear votos que no le favorecen. Enseguida hace un giro y habla de hacer que los dólares se queden dentro del país, habla de su plan de traer los recursos que dice que están fuera y de inmediato, alude a la plata que Lasso, supuestamente, tiene en Panamá y en Miami. Luego de cada alocución, el candidato de Unes vuelve a dibujar su sonrisa de socarronería para escuchar al candidato de CREO y esperar su nuevo turno.

Entonces, el candidato de CREO deja vencer su cuerpo sobre la mesa, casi rendido, y le pide que no mienta. “No, Andrés, no mientas otra vez”. Horas después, la frase será eslogan, hashtag de Twitter, leyenda de memes y de carteles en espacios públicos, stickers, tacitas, camisetas y demás artículos del branding de la democracia contemporánea.

Y con ese tono impuesto, Lasso también recurre a frases populistas, con pocos datos. El candidato se cruza de brazos para responder. Luego los suelta de nuevo para tomar sus papeles. “Lo que he notado hoy es que hay hambre”, dice, como si eso fuera novedad. Lasso es un candidato que, por más intentos que hace, no logra salir de esa mirada distante hacia la pobreza y hacia esos grupos de la población a los que no pertenece, aun cuando saca a relucir que tuvo que trabajar para pagar sus estudios secundarios. En eso parecería que sus asesores no han reparado o ya se han dado por vencidos: el paternalismo caritativo de un representante de las clases más acomodadas de Guayaquil se nota a leguas, y eso no atrae votantes. El mejor camaleón de esta historia no es él.

Sin embargo, Guillermo Lasso guarda la compostura. Evita caer en las provocaciones de un Arauz que actúa como en un campo de tiro en lugar de debatir propuestas. Lasso mira desconcertado, busca entre sus papeles y a ratos ensaya otra sonrisa. “Tu gobierno”, repite, para referirse al gobierno de Correa, en el que Arauz trabajó de principio a fin en varios cargos, desde que tenía apenas 22 años. “Ustedes prometieron el milagro ecuatoriano y nos han entregado un desastre del cual no se quieren hacer responsables, Andrés”, le dice, y así denota un segundo eslabón en su narrativa: hay que recordar que Moreno provino del séquito de Correa y fue, de hecho, su ungido. Y ahora, el ungido del expresidente es Arauz. Lasso elige mostrar las responsabilidades compartidas de quienes sí han gobernado durante los últimos 14 años y habla de que un 70% de los funcionarios de Moreno lo fueron también de Correa.

Solo un mal acto de ilusionismo

En un nuevo acto, Arauz propone un acertijo. Pregunta si Lasso preferiría beneficiar al país o a su institución financiera, en el supuesto de que tuviera cada opción en cada mano. La pregunta no sirve para obtener información que le pueda revelar certezas al elector indeciso. Solo pretende hacerse de los aplausos que suenan cuando un boxeador noquea a su contrincante distraído. Pero, ¿no nos ofrecieron un debate de argumentos e ideas? No. Arauz llegó al set de TC Televisión para ganar rounds usando clichés efectistas como ganchos al hígado y así logró sacar del juego varias veces a Lasso. Los votos vistos como puntos de rating quizá sean la mayor innovación de la democracia ecuatoriana.

Por eso, Arauz recurre a la conocida fórmula de relacionar a Lasso con el feriado bancario en un país acostumbrado a memorizar frases hechas para lucir inteligentes, en lugar de buscar información verificada y callar un poco más. 

Lasso se la saca con cierta tibieza. «La comisión creada por tu padre político (Correa) dijo que nada tuve que ver con el feriado bancario. Insistes en mentir; Moreno es un hermano político tuyo».

Y Arauz contraataca acusándole de haber cogobernado con Moreno e incluso le recuerda el episodio en el que confesó que la exministra de Gobierno de Moreno, María Paula Romo, sería su contralor en un eventual gobierno suyo.

Arauz se ve obligado a reconocer en silencio que votó por Moreno en el 2017, pero recurre a ese otro cliché, el de la traición. “Ustedes lo compraron”, le increpa a Lasso. Y para escapar del fango, echa mano de algunos de los temas más sensibles entre la sociedad civil, creyendo que así ganará puntos. La violencia de género, por ejemplo. Sus intervenciones muestran que, de una parte, intenta jugar con el acribillamiento a su oponente usando las muletillas dogmáticas ya muy desgastadas, y por otro, ofrece y ofrece.

Es que los dos candidatos tratan de evadir su pasado culposo haciendo honor a la mala memoria colectiva. Los dos niegan a Moreno porque saben que el hedor que compartieron no les hace ningún bien en campaña electoral, pero con lo demás, se hacen de la vista gorda. Arauz le hace guiños a Yaku y a su electorado cuando dice que va “a construir la interculturalidad” y que acoge la minga por la vida y se compromete a cumplirla. Lasso se doblega ante la necesidad de caer bien a las bases del movimiento indígena porque necesita esos votos, se achica, denota condescendencia y promete caridad creyendo que hace bien, porque le cuesta hablar de igual a igual.

Pero, como dicen que en política todo vale, a lo mejor después les vuelve a servir de algo ese Moreno que ahora desprecian. (O tal vez ya no… Bueno, esto es Ecuador). Los dos buscan lavarse las manos edulcorando sus argumentos o evadiendo responder. Qué flaco favor le hacen a un electorado indeciso que les ve con desdén e incluso con desprecio.

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En medio de estigmas facilones, algo de condumio hay para conocer mejor a los candidatos a la Presidencia de Ecuador. Por ejemplo, que los Derechos Humanos son el terreno en el que ambos se tornan peligrosos.

Andrés Arauz se apropia de las protestas lideradas en octubre del 2019 por el movimiento indígena y las usa como si las causas de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) y de Pachakutik fueran suyas.

El miércoles 17 de marzo, la Comisión Especial para la Verdad y la Justicia, conformada para investigar esos hechos ocurridos entre el 3 y el 16 de octubre de ese año, presentó un informe en el que determinó que hubo 249 casos de vulneraciones de DDHH perpetradas por agentes estatales. Al evento fueron invitados Guillermo Lasso, Andrés Arauz y el candidato Yaku Pérez, que en primera vuelta alcanzó el tercer lugar muy cerca de Lasso. Pero solo Arauz asistió. “¿Qué opinión le merece este informe?”, le pregunta Arauz a Lasso, con la ironía que da la prepotencia, y este, entre desprevenido y en aprietos, responde que siempre estará “del lado de la civilidad, del estado de derecho”, y no de aquellos que “con dineros extranjeros” promueven la desestabilización.

Así, Lasso cae redondo en el juego de héroes y antihéroes que propone Arauz usando su bien aprendida receta alvaradoniana. Así, Lasso justifica los abusos de la fuerza pública contra los manifestantes y la impunidad que reina sobre la muerte de Marco Otto, Ángel Chilpe, Silvia Mera, Celso Yépez, Mónica Castro Sánchez, Kelly Flores, José Chaluisa, Abelardo Vega, Inocencio Tucumbi, Édison Mosquera y Gabriel Angulo. Todos estos hechos que se han documentado, incluso en investigaciones comandadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), como violaciones flagrantes por parte de la fuerza pública son también materia de una nueva denuncia contra el presidente Lenín Moreno que ha presentado la Defensoría del Pueblo, por posibles delitos de lesa humanidad. Pero Lasso cae en la red. “Vamos a ser unos demócratas que respetaremos la libertad de expresión y la libertad de prensa”, zanja al final para escapar del encerrón.

En su réplica, Lasso dice que se tomará un minuto. “Yo no quiero que me respondas a mí. En este caso respóndele a la esposa del general Gabela, a Lourdes Tibán, a Manuela Picq; respóndele a mi esposa que sufrió el linchamiento con palos, cuchillos y machetes. Respóndeles a ellas”.

Solo un mal acto de ilusionismo

Arauz mira sus papeles. Los toma, los deja, bebe un sorbo de agua. Mira hacia otro lado cuando se cita la muerte del profesor Bosco Wisuma, en el 2009, durante unas protestas que buscaban impedir la explotación minera en Morona Santiago. Evade hablar sobre el asesinato del general Jorge Gabela, en 2010, luego de que denunciara irregularidades en la compra de 7 helicópteros Dhruv, asesinato al que Correa trató como un asalto de delincuentes comunes. Arauz calla ante la detención a la exprefecta de Orellana Guadalupe Llori, en la incursión violenta del 2007 que Correa justificó diciendo que las protestas de la comunidad eran “un acto terrorista”. Calla si hay que hablar de la detención y de la expulsión ilegal de Ecuador de Manuela Picq, catedrática francobrasileña y compañera sentimental de Yaku Pérez Guartambel, ocurrida en el 2015. Calla y luego constriñe su respuesta redundante: “Lamentablemente, ciertos episodios que pueden haberle causado daños a su familia son muy lamentables”, y vuelve a adueñarse de las protestas de octubre del 2019 para salir, ahora él, del encerrón.  

Y si se trata de hablar de relaciones internacionales, la visión sobre los Derechos Humanos de Arauz espeluzna cuando, frontalmente, critica que sus adversarios “repitan a cada rato un mensaje que no ha funcionado, ya van 12 años con el cuco de Venezuela, el cuco de Maduro”, dice. Su postura sobre el autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro también es evasiva. Su gesto: mostrar con su mano derecha el librito de la Constitución ecuatoriana aprobada en el 2008.

“No has contestado, Andrés -le increpa Lasso-, y cuando sacas ese pequeño libro se te ve igual a Maduro, igual a Chávez y a Maduro, nos recuerdas un sistema totalitario”.

Arauz se defiende diciéndole que vive en el pasado y recurre a la burla por sus fracasos electorales previos, echando mano de su comodín. “¡Guillermo Lasso, salado!”, le grita, sonriente.

Ahora, según las estadísticas de Naciones Unidas, alrededor de 5 millones de ciudadanos y ciudadanas venezolanos han salido de su país huyendo de una crisis que el gobierno de Rafael Correa negó, que el de Moreno ignoró y que a Arauz no le merece un argumento.

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Hacia el último tercio del encuentro, ya Lasso había convertido en trending topic su “Andrés, no mientas otra vez”. El artilugio le sirvió para responder a las arremetidas de un Arauz anclado en usar su condición de banquero como arma letal. Pero Lasso le aclaró que el 7 de mayo del 2012, renunció a la Presidencia Ejecutiva del Banco Guayaquil. Arauz, en cambio, había instituido su sonrisa como eslogan.

Solo un mal acto de ilusionismo

En la memoria apenas harán ruido los asuntos importantes como anécdotas extraviadas entre la bronca. Para Lasso, el plan de vacunación será “el principal programa económico de mi gobierno para que pierdan miedo los ecuatorianos”.

Arauz sonríe e interpela: “Hay que reconocer que el fideicomiso Salvar Vidas puso unos dólares”. Se burla de nuevo y le pregunta si no hubiera sido mejor una “contribución especial a las utilidades de la banca que en el 2019 y en el 2020 sumaron cerca de 1000 millones de dólares”.

El exbanquero dijo que vacunará a al menos 9 millones de personas en los primeros 100 días de gobierno y explicó que su estrategia contempla que se vacune a 50 personas diariamente en cada centro de salud del país con “vacunas reales, no con la oferta falsa de que Argentina nos donaría 4 millones de vacunas, Andrés”.

De un lado los estigmas y el ataque, de otro lado el ímpetu por parecer alguien que no es.

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Poco o nada se puede cosechar de un cuartel televisivo muy mal pensado, producto de las malas ideas de un Consejo Nacional Electoral soso. Un formato con preguntas extensas, confusas y politemáticas dejó muchos temas en el aire e impidió que los postulantes mostraran sus planes con claridad. Ellos mismos se vieron enredados en un combate en el que uno (Arauz) intentó acorralar a su adversario con los lugares comunes que nutrieron la narrativa del expresidente Rafael Correa, y otro (Guillermo Lasso) que tuvo que dedicar buena parte de su energía a contenerse y a desmentir a su adversario en lugar de exponer argumentos. Lasso incluso demoró en entender la dinámica.

Entre sus intervenciones, una serie de videos educomunicacionales que, lejos de cumplir su función, restaron oportunidades de desnudar propuestas. Si esa información reunida en los videos la hubiera entregado la moderadora, Claudia Arteaga, quizá su rol se habría justificado.

Pero no. La moderadora -designada pocas horas antes del evento, luego de que declinara la periodista Andrea Bernal con una queja, precisamente, sobre la organización del debate-, tuvo problemas para conducir los tiempos al inicio. Luego, no hizo más que leer.

Una vez más, el resultado dejó como perdedores a los votantes. Alrededor de 4,4 millones de ciudadanos en capacidad de votar se disputan Arauz y Lasso, pero luego del encuentro del domingo, muy poco se habrán movido esos votos hacia una u otra candidatura. Un desperdicio por donde se lo mire.


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