Por Daniela Game

Wham!, la banda inglesa de George Michael y Andrew Ridgeley, estrenó documental en Netflix en junio. El filme cumple con el formato digerible de una biografía musical: nacer, crecer, tener éxito en la industria y morir, pero sobresale porque nos lleva por rincones de la vida de estos músicos, explorados con la delicadeza que da el paso del tiempo, desprendidos del morbo de la novedad.

Está atravesado por la amistad poderosa entre dos niños extraños, hijos de migrantes, improbables estrellas del pop británico, y por el proceso de grabación del mega éxito Careless whisper (1985), que nos muestra la importancia de la autoría, hoy cuestionada ante las posibilidades infinitas de la inteligencia artificial.

Careless whisper. Versión producida por Jerry Wexler.

George Michael, 20 años. Sumergido en la espuma de la fama recién hecha, sentado en un avión de Londres a Sheffield, Alabama, sin su compañero de banda, Andrew, que ha aceptado con entereza ser desplazado de la producción del segundo disco. Al otro lado del océano y del mundo angloparlante, el legendario productor Jerry Wexler espera a George junto a otros músicos, legendarios también, para hacer de Careless whisper un hit que estalle en el espectro sonoro de inicios de los ochenta.

George Michael
George Michael en 1985. MICHAEL PUTLAND/GETTY IMAGES.

Son días en el estudio Muscle Shoals y paseos por el río Tenesse junto al gran Jerry. George graba una, dos, tres tomas, las que sean necesarias, las que el productor decida. El joven inglés mira a la leyenda, con sus años y sus canas, haciendo todo con la precisión que le ha dado el tempo de los discos de Ray Charles, Aretha Franklin, Dire Straits, Led Zeppelin y Bob Dylan. Careless whisper suena con la elegencia de un arreglo de guitarra eléctrica en el primer plano de todas las cosas, una batería ronca en el fondo, cuerdas brillantísimas y un piano que hoy –después de la familiaridad con la versión final–, se siente perdido. Las fotos de esos días nos muestran a un George Michael fascinado, tratando de aprender de todo, de todos, pero temeroso también, sin poder decirle al gran Jerry algo así como: “Suena increíble, pero no es lo que tenía pensado”. 

El sueño de hacer su canción con los más grandes se había cumplido, pero él tiene la certeza atorada de que esa canción no es la suya. No es la que tiene en la cabeza desde ese viaje en bus por la ciudad hacía tan solo unos años, cuando era DJ.  George va en un avión de regreso, con el máster final en sus manos. Es la era del sonido análogo y en ese gran casete hay una versión magnífica, pero no tiene la fuerza que él busca y Andrew Ridgeley le cree cuando la escuchan juntos en Londres. Le cree y lo anima, con esa compartida seguridad adolescente, a regresar al estudio. George Michael se prende entonces de lo que imaginó.

George Michael
George Michael con Jerry Wexler junto al río Tenesse.

La palabra autor viene del latín auctor-oris, que significa “el que hace crecer, brotar o surgir algo”. Ahí va George Michael produciéndose a sí mismo, grabando de nuevo la canción con el ímpetu y el miedo suficientes para hacer brotar ese saxofón por el que tuvieron que pasar diez saxofonistas, hasta dar con Steve Gregory y una ligera modificación en la consola, aprobada vía teléfono por el mismo Jerry Wexler. Decide abrir la canción con esa batería que se queda en el primer plano de todas las cosas, casi tanto como la voz de George, que suena más suya, y la guitarra, ahora acústica, que esperan que la magia brote como si ya fuera tarde (1:33”), cuando el arreglo de bajo dice sí, dale, vamos, es por aquí.

Surge así la versión del joven necio y aprendiz de leyendas, del autor total que plenamente anclado en su deseo, en su autoría, crea una de las canciones pop más románticas, sensuales, cursis y poderosas que se han escrito en las últimas décadas.

Vendrán luego las mil versiones, el éxito, la separación de la banda Wham!, la carrera brutal de un solista único y el chiste fácil con el arreglo de saxo, que poco tiene que ver con ese erotismo medio ingenuo de quien entra receloso a la pista de baile, de la mano de alguien. Vendrá después de Navidad, en 2016, la muerte, el corazón detenido antes de hora, pero se queda el autor, lo que George Michael hizo crecer, brotar, surgir. Ese sonido, que después de franquear los oídos de otros, regresó suyo y sólo suyo. Su huella no programable en la música, la canción de un adolescente exuberante que sabía sin saber cómo tenía que sonar su canción.

So I’m never gonna dance again, the way I danced with you. Never without your love.

Careless whisper. Versión final, producida por George Michael.

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