Por Diana Romero / @Sillmarwen

En diferentes épocas y de diferentes maneras, las vidas de Antoni Ruiz i Saiz y Samuel Luiz han estado atravesadas por la violencia homofóbica. Sus historias -con muchos años de diferencia, ocurriendo en fragmentos distintos de la historia- se entrecruzan en la crueldad y en el dolor que ambos tuvieron que vivir.

Antoni fue víctima de la represión franquista de los años 70 y Samuel fue víctima del odio a lo diverso en pleno siglo 21. Antoni ha sobrevivido para luchar por quienes mueren en circunstancias como las de Samuel, asesinado a golpes el pasado 3 de julio, frente a la zona turística de la Playa de Riazor, en La Coruña, en un crimen con claros tintes homofóbicos.

Es difícil creer que esa España del primer mundo, que pudo sobreponerse al régimen totalitario y fascista de Francisco Franco, que derogó leyes, que creó políticas para la inclusión y la diversidad sexual sea la misma España que hoy asesina a un homosexual en pleno espacio público, un espacio que les pertenece a todos.

Aparentemente, es una sociedad que ha avanzado pero que mantiene viva su homofobia, dice Antoni, en una entrevista vía telefónica para La Barra Espaciadora.

Hoy, él es el presidente de la Asociación Ex-Presos Sociales, que lleva al menos 25 años trabajando por la población LGBTIQ+ de España y cuyo propósito inicial fue el reconocimiento legal y económico de los homosexuales que fueron cruelmente torturados durante el franquismo. Él fue uno de ellos.

“Estamos viviendo un retroceso en nuestros derechos. Parece que estamos aún en el pasado”, reflexiona hoy.

En 1976, cuando tenía 17 años, decidió confrontar lo que era y lo que sentía: le contó a su familia que le gustaban los hombres. Eran los años en los que se creía que la homosexualidad era una enfermedad mental que había que tratar con terapias electroconvulsivas. Su madre, quizá por intentar ‘ayudarlo’, le contó a una monja amiga suya lo que su hijo les había confesado en el comedor de su casa.

“¿Por qué tenía que ocultarlo? Yo sabía que asumirme homosexual podría tener consecuencias, pero yo quería ser libre, desarrollar mi personalidad”, cuenta.

Y sí que las tuvo. Ser homosexual en la España de los 70 era un delito y la monja a la que su madre le había contado su confesión, lo denunció.

Una mañana de marzo, un grupo de policías llegó a su casa y se lo llevó. “Yo era apenas un chiquillo al que lo metieron en una prisión donde había todo tipo de delincuentes”, recuerda hoy. Aunque estas detenciones buscaban ser “correctivas” y tener un sentido de “reeducación” del detenido, no eran más que situaciones llenas de abuso y violencia.

Los grises -como se conocía a la policía de la época, por el color del uniforme-  lo utilizaron de “ejemplo”, haciéndolo caminar por las calles para que otros homosexuales vean lo que les podía pasar.  

En el lapso de tres meses, estuvo encerrado en la cárcel Modelo de Valencia, en Carabanchel de Madrid, y luego fue trasladado a Badajoz, una prisión ideada para “curar” a los “homosexuales pasivos”. Al penal de Huelva -donde Antoni no estuvo, por suerte- iban “los activos”. Las lesbianas, cuenta el activista, ni siquiera eran consideradas mujeres: iban directo a los manicomios.

En esas cárceles, además de palizas y diferentes tipos de vejaciones, también había abusos sexuales. Antoni no fue la excepción: fue violado por compañeros de prisión, siempre con el conocimiento de las autoridades.

«Con este puedes hacer lo que quieras, que es maricón», le dijo un policía a otro detenido cuando dejó a Antoni en un calabozo.

Samuel Luiz

El 5 de junio de 1976, el día de su cumpleaños, salió de la cárcel pero la ley decretaba que debía permanecer en el exilio durante un año, a más de 100 kilómetros del lugar donde fue capturado. Se fue a Denia, una población cercana donde vivían unos familiares y pudo trabajar en construcción, una habilidad que le sirvió en el futuro, pues luego se dedicó a eso durante muchos años.

Al regresar a Valencia, un año después, nada había cambiado. Para personas como él no existían opciones de trabajo o estudio, por lo que tuvo que dedicarse a la prostitución hasta 1978, año en el que la homosexualidad fue despenalizada y pudo hacer otras cosas: volvió a la construcción, empezó a vivir un poco más libre y en 1995 se encontró con el activismo.

Según esta asociación, aproximadamente 4.000 personas fueron a la cárcel a causa de su orientación sexual durante el franquismo. No existe una cifra exacta pues la data está fragmentada entre diferentes instituciones, penitenciarías, comisarías, además de existir un subregistro.

El hombre que le dio el puñetazo a Samuel la primera vez estaba borracho y lo insultó por creer que lo estaba grabando con el celular. Pero lo peor no había ocurrido todavía: una turba de más de 12 personas lo alcanza, lo golpea y lo mata.

La policía española asegura que en los videos de seguridad de la avenida en donde el joven fue agredido es posible ver “una jauría humana” pateándolo y arrastrándolo a lo largo de más de 150 metros. En un punto, el joven logra zafarse, cruzar la calle, pero es alcanzado nuevamente, entonces se desploma y no vuelve a levantarse.

“Estoy consternado por lo sucedido y viendo que la investigación avanza lento”, dice sobre el asesinato de Samuel, un caso en que ya existen seis personas detenidas y bajo investigación. “Él era un chico bueno, que ayudaba a otros”, agrega con tristeza.

Samuel, de 24 años y de origen brasileño, trabajaba desde hace cuatro en la residencia de ancianos Padre Rubinos y se había graduado como auxiliar de enfermería. Durante la pandemia trabajó intensamente al cuidado de los adultos mayores y estuvo sometido a mucho estrés.

«Los residentes lo querían mucho porque él los hacía reír», dice Lina, una de sus amigas, a un medio español.

Danilo Manzano, de la organización ciudadana Diálogo Diverso, explica que si bien se están dando cambios trascendentales en el mundo en cuanto a normativas en contra de la discriminación, hay que identificar que un factor importante en la protección de los derechos de las poblaciones LGBTIQ+ radica en la formación.

Samuel Luiz

“El trabajo más duro que tenemos es justamente enfrentar a una ciudadanía que no entiende el respeto, la no discriminación en todas sus formas. Entonces no basta con la creación de políticas públicas, sino con acciones específicas que motiven de manera progresiva la erradicación de toda forma de violencia hacia una población diferente”, explica Manzano.

El activista asegura que esas políticas públicas a las que hace referencia deben venir acompañadas de un presupuesto para que puedan ser implementadas de una manera efectiva. “No por tener más leyes va a existir una ciudadanía que cometa menos actos violentos”, argumenta, y habla de la importancia de la formación en derechos -tanto en el sistema educativo como en el familiar- como una pieza fundamental en la erradicación de la homofobia.

“Cuando hablamos de la comunidad educativa no solamente hacemos referencia a las instituciones o la academia, sino también a las familias”, complementa.

El pasado fin de semana se conocieron los resultados de la autopsia a los restos de Samuel. La pericia forense indica que el joven recibió un golpe contundente en la cabeza que le produjo una herida de 10 centímetros. Tenía, además, lesiones en la cara producto de las patadas que recibió y señales de estrangulamiento al ser agarrado fuertemente del cuello durante los seis minutos que duró la paliza.

España se ha levantado por este crimen:  las marchas en diferentes localidades no se han detenido, las redes sociales se encuentran activadas con el hashtag #JusticiaParaSamuel y la zona en la que Samuel fue asesinado “por maricón” -como le dijo uno de los hombres que lo agredió primero- se ha llenado de cartas y flores como un tributo a su vida.

“Tememos que todo lo que ha pasado represente un brote de violencia hacia la población LGBTIQ+”, dice Antoni con preocupación al hablar del caso.

Es simbólico. Hoy se encuentra en Valencia, en el mismo lugar en el que fue capturado a los 17 años cuando cometió el ‘pecado’ de confesarse homosexual. Allí, en esa casa que era de su familia, creó la Asociación Ex-Presos Sociales  para la que no deja de trabajar, moverse, atender llamadas, correos, reuniones.

El activismo le ha dado razón a su vida y hechos terribles como el crimen de Samuel le inyectan la urgencia de búsqueda de justicia que necesita para que su activismo no se detenga.

Finalmente, si pudo con Franco, puede con todo.


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Tanlly Vera

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