Por Yalilé Loaiza*

La ola de protestas que vive el Ecuador desnudó la cara fea del país. Mientras en las calles ocurren intensos enfrentamientos entre los manifestantes y la fuerza pública, que han provocado el fallecimiento de al menos 7 personas y han dejado una estela de más de 200 heridos, desde la comodidad de un teclado, miles de ecuatorianos se acusan, con fingida superioridad moral. Los discursos segregacionistas infectan la herida abierta de un país enfermo de inequidades.

El Ecuador está lastimado, fracturado y encandilado por llamaradas de las armas gatilladas. La simplificación de los 240 caracteres de Twitter nos redujo al enfrentamiento maniqueo de sólo dos posiciones: la de los buenos y la de los malos. Hay indolentes o empáticos, privilegiados o marginados, pacíficos o salvajes. La discusión es interminable y carga una vorágine de fanatismo que ubica al interlocutor en una de esas etiquetas. Hay bandos y esos bandos se enfrentan.

Reconocer en el Ecuador un país inequitativo, que esquiva sus raíces mestizas e indígenas, y que está gobernado por élites que se devoran entre sí, es el espejo de una sociedad en ciernes como de un modelo de Estado inacabado en la incivilidad.

Se ha producido un parteaguas para debatir sobre el nuevo modelo de Estado y de democracia consociativa. En más de 16 días de protestas hay lecciones que se pueden recoger para buscar el establecimiento de un consenso más diáfano de lo que somos como sociedad diversa.

La lucha social, vehiculizada en la protesta, emerge hoy como el único mecanismo para que los reclamos se escuchen. Después de décadas o siglos de exclusión, la movilización colectiva y popular se convirtió en un sustituto del diálogo aunque conducente al diálogo porque nadie quiere conversar con un movimiento social que luzca inofensivo. El modelo occidental de Estado ha fracasado y se necesita experimentar nuevas formas, andinas y latinoamericanas, de representación de las demandas sociales y de procesamiento del conflicto político que empiecen por el diálogo y que avancen a la movilización. No al revés.

Criminalizar la protesta es parte del problema porque responde a una práctica anticuada de un Estado excluyente, porque prefiere reprimir los reclamos a reconocer las ineficiencias estatales. Esto también desdibuja la necesaria intervención de la fuerza pública en los grupos que se aprovechan de la movilización popular para introducir agendas violentas y antidemocráticas.

Se deben repensar las realidades personales desde la moderación. Para todos es necesario mirar por fuera de los desgastados discursos que dividen y evitar las estériles etiquetas entre los buenos y los malos en la sociedad. Hay palabras que se repiten tantas veces, en contextos tan incoherentes, que incluso pierden su significado, su simbolismo, su eficacia y se convierten en muletillas vacuas, en los lugares comunes de quienes prefieren tender el velo de las polarizaciones a caminar por los sinuosos caminos del entendimiento entre los disímiles porque siempre es más fácil decir que los malos son los que no piensan como yo.

El Ecuador es plural por eso, porque está sembrado de distintas posiciones, enfoques y conciencias que germinan por todas partes. Somos un país plurinacional y multiétnico. No somos homogéneos, indiferenciados o idénticos. Por cada región, cada provincia y cada clima encontramos distintas cosmogonías que nos convierten en un país rico en posibilidades. Aceptar esa complejidad puede ser un primer paso para dialogar desde la tolerancia y la solidaridad. Así como no se debe tolerar a los intolerantes, no se deben aceptar las expresiones racistas, las agresiones, los discursos de odio. Escrachar y cancelar a todos los que no comparten una forma de pensamiento porque no es homologable con el mainstream no construye, destruye, divide y crea resentimientos.

Es momento de interpelar a nuestras élites políticas que utilizan sus posiciones de poder para satisfacerse a costa de las mayorías que los encumbraron. Instituciones, partidos, movimientos, sindicatos, frentes, líderes de cualquier tipo deben una explicación a los ecuatorianos.

Que hoy nos duelan todos los fallecidos, heridos, víctimas colaterales, todas las familias incompletas, todos los hogares sin empleo. Que nos duelan todos porque hoy todos perdimos.

Este país herido, desigual y complejo pide a gritos un proceso de reconciliación. Este país necesita, desde el centro de su ser, desde la moderación, reencontrarse y reconocerse para empezar a sanar.


*Yalilé Loaiza, columnista invitada de La Barra Espaciadora, es periodista con 10 años de experiencia. Premio Roche de Periodismo edición Ecuador 2020. Premio Iberoamericano Héroes de la Niñez 2021. Máster en Comunicación. Corresponsal de Infobae.


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