Por Gustavo Endara

Una vez más, se usa lenguaje machista en la política ecuatoriana. Concretamente, el actual Presidente mencionó que un adversario -paradójicamente uno de sus más fervientes aliados en la campaña electoral de 2021- “no tuvo los huevos para ser candidato [a la Presidencia]”, por ende, hoy que lo critica, lo hace por envidia. En esta columna abordaré por qué este comportamiento machista no sorprende, un acercamiento a su origen y qué hacemos con él.

Si bien no es un comportamiento que debería ser tolerado, no es mi intención señalar con los dedos al Presidente, pues él, como prácticamente todos los hombres, tenemos el machismo interiorizado. Esto no es justificativo alguno para actuar así y como lo menciono más abajo, tenemos mucho que hacer al respecto. No obstante, tal interiorización es fruto de siglos de normalización de la subordinación de las mujeres a los hombres, de vivir en un sistema donde lo que diga el patriarca es la razón y su hombría no se rebate. El que no sea la primera vez que se recurre a este lenguaje en el país, la región o el mundo denota también una falta de reflexión sobre ello. El Presidente, al igual que su antecesor y al igual que el antecesor de su antecesor, acaso no ven ningún error ni razón para sentir bochorno al usar tales expresiones, pues entienden la política, en gran medida, como una cuestión de hombría; grande y fuerte, como si el tamaño y la fuerza importasen algo.

No solo que este pensamiento masculinista es absurdo y ridículo, es además caduco y tóxico. Alrededor del mundo sobra la evidencia de que, para hacer política -y  muchas cosas más-, el tener genitales masculinos no solo que es irrelevante, sino que incluso es contraproducente. El contar con estadísticas veraces y confiables es mucho más importante, sin embargo, el país posterga un censo que debió haber sido realizado en 2020 y que daría luces de la situación del país y las soluciones que requiere.

Decimos lo que decimos y hacemos lo que hacemos pues los hombres nos hemos acostumbrado a que el mundo se ordene de acuerdo a nuestras necesidades e intereses. La pregunta es por qué recurrimos, una y otra vez, a este absurdo. La respuesta: porque tenemos privilegios estructurales y jerárquicos y por eso, creemos que así se nos lo faculta. ¿Cuándo no hemos recurrido a nuestra hombría para explicar las violencias que ejercemos: desde el puñetazo de Will Smith, pasando por los gritos y los insultos que propinamos en el estadio o en Twitter, desembocando en la violencia machista que afecta a 6 de cada 10 mujeres en este país? Además, cuando recurrimos a la violencia, rara vez hay consecuencias para nosotros. Si eso no es un privilegio patriarcal, me pregunto, entonces, qué es.

Como mencioné al inicio, me molesta, pero nada de este comportamiento me sorprende, como no me sorprenderá la próxima vez que ocurra. En vez de usar este lenguaje soez, ¿por qué no reconocer el error que cometió y no repetirlo, o cumplir con lo ofrecido sobre conformar un gabinete paritario? Actualmente apenas 4 de 19 ministerios son dirigidos por mujeres, una Secretaría (de 8) está dirigida por una mujer, mientras que apenas una Consejería (de 8) es ocupada por una mujer. En vez de recurrir a este lenguaje machista, sería muy aconsejable, además de urgente, aumentar considerablemente el presupuesto para las casas de acogida para mujeres sobrevivientes de violencia machista, hoy en día desfinanciadas. O se podría crear un ministerio para tratar temas específicos de fomento a la justicia de género y la erradicación de la violencia machista, como existen en otros países.

¿Cuándo somos hombres los hombres?

No sorprende, pero algo tenemos que hacer con este pensamiento obsoleto. Cuestionar nuestra hombría es indispensable. Vienen a mi mente las letras de la canción ochentera Männer (Hombres), del cantante alemán Herbert Grönemeyer, que con la reflexión ¿cuándo es un hombre, un hombre? desmantela muy bien estas preconcepciones y estereotipos. ¿Cuándo somos los hombres, hombres? ¿Cuando denigramos adversarios a través de determinaciones biológicas o cuando comprendemos la diversidad de la sociedad y la importancia de cuidar, especialmente lo que decimos y hacemos? ¿Qué nos define como hombres? ¿Cuando dirigimos guerras sangrientas y nos mostramos terriblemente fuertes o cuando entendemos que nuestra hombría viene atada a muchos privilegios que han resultado en desigualdades y brechas entre hombres y mujeres que tardarán, al paso que vamos, siglos en cerrarse?

El lenguaje y accionar machista, ubicuo en la política, demuestra que los hombres debemos cambiar, urgentemente. Debemos reformularnos y buscar nuevas formas de usar, sentir y mostrar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Es hora de poner un punto final a la masculinidad dañina y tóxica. Si nos hemos mostrado endurecidos e insensibilizados, debemos reconstruirnos y rehumanizarnos, cuestionando -a nivel individual, interpersonal y social- las relaciones de poder injustas que he expuesto en esta columna, y haciendo algo al respecto. Y en este proceso ayuda el escuchar y reflexionar más, y a la vez, hablar un poquito menos.

Sé que es un proceso extenso, pero tengo esperanza de que a futuro pasaremos de liderazgos machistas a otros más empáticos, sensibles, reflexivos, renovados y que se enfoquen en la necesidad de garantizar la igualdad y la dignidad para todas las personas.


Gustavo Endara es coordinador de proyectos en las áreas de economía justa y democracia social de la Friedrich-Ebert-Stiftung (FES-ILDIS) Ecuador. Acompaña procesos que abordan alternativas al desarrollo, transformación social y ecológica, así como la profundización del diálogo democrático.

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