La industria petrolera ha intentado ingresar varias veces a la comuna kichwa Sani Isla, en el norte de la Amazonía ecuatoriana, pero ellos han encontrado alternativas de desarrollo en la conservación y el turismo.

La comunidad recibe incentivos por conservar cerca de 10 000 hectáreas a través del programa estatal Socio Bosque. Además, por su cuenta conserva 16 577 hectáreas para mantener su modo de vida, cuidar el ambiente y mostrar la biodiversidad de la zona a los turistas. 

Los desastres ambientales provocados por la erosión regresiva del río Coca, que afecta también el cauce del río Napo, y la falta de servicios básicos son los principales problemas de Sani Isla. Sus habitantes exigen que las autoridades los provean de servicios sin afectar a la biodiversidad.


Por Ana Cristina Alvarado / @ana1alvarado

A finales de los noventa, la comunidad kichwa Sani Isla, en el norte de la Amazonía ecuatoriana, se enteró de que la petrolera Occidental (Oxy) tenía planes para hacer exploraciones en su territorio comunal. Orlando Gualinga, uno de sus líderes, llevaba algunos años trabajando para esa empresa. “Jefe, ¿en un caso extremo, en que hagan sísmica o perforación, nuestra gente podría trabajar? —recuerda Gualinga que le preguntó a un gerente—, me dijo que no, que solamente los tecnólogos o los universitarios”. Entonces, Gualinga recordó que sus padres y las generaciones anteriores trabajaron para grandes hacendados. Ahora no trabajarían en una hacienda, pero perderían la autonomía que habían ganado. “Al final, íbamos a regresar al pasado”. 

Sani Isla se formó en la década de los sesenta, con la llegada de pobladores kichwas que, tras salir de las haciendas de los terratenientes, buscaban tierras fértiles para establecerse en libertad. Un puñado de familias llegó a una zona ubicada en las que luego se convirtieron en las provincias de Sucumbíos y Orellana, entre lo que hoy se conoce como la Reserva de Producción Faunística Cuyabeno y el Parque Nacional Yasuní. La vida en esa época, recuerda Gualinga, era muy dura. La movilización era a lo largo del río Napo, en canoa a palanca, sin motores. En la comunidad, el trabajo era fuerte y aún eran pocos habitantes, pero ese territorio —al que nombraron ‘Sani’, como llaman a un árbol que abunda en el sector, del que se obtiene una tintura morada— al fin era propio.

De acuerdo con Alexandra Almeida, coordinadora de la Campaña de Petróleo en Acción Ecológica, el Estado ecuatoriano, de manera inconsulta, impuso los bloques petroleros 12 y 15 sobre Sani Isla y otras comunidades. “No solo que no hicieron consulta, crearon conflictos muy serios [en varias comunidades]”, comenta. 

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Vista aérea de Sani Lodge, ubicado a los pies de la laguna Challuacocha. En el fondo, el río Napo. Foto: Rhett A. Butler

Cuando Oxy llegó para hacer exploración del proyecto Aguarico 3D, a inicios de los 2000, hubo división. La población había crecido —en el 2000 ya eran cerca de 400 personas—, pero todavía no tenía fuentes económicas estables ni acceso a servicios como salud o educación secundaria, comenta Gualinga. Algunos de los indígenas anhelaban que la presencia de la petrolera trajera trabajo y beneficios económicos pero, otros, querían mantener intacto el territorio del que obtenían alimentos, medicinas y materiales.

“Había pelea y discusiones entre nosotros”, cuenta Blanca Tapuy, quien desde ese momento se convirtió en la lideresa de la resistencia antipetrolera. Tapuy rechazaba el petróleo porque conoció el área de Shushufindi, al norte de la comunidad, vio el hollín que humeaba de los mecheros y ese líquido espeso y aceitoso que salía de las tuberías rotas y se filtraba por las quebradas. Según dice, la división era alimentada por Oxy y recuerda que quienes simpatizaban con la petrolera recibían regalos y la promesa de que habría trabajo durante los siguientes 25 años.

La consulta previa fue reconocida en Ecuador con la Constitución de 1998 pero en el 2023 aún no existe un reglamento para su aplicación. A pesar de esto, el Ministerio de Energía y Minas le aseguró a Mongabay Latam y a La Barra Espaciadora que las exploraciones “fueron realizadas con consultas previas a las comunidades”.

En ese escenario, Gualinga lideró las negociaciones con Oxy y vio una oportunidad en el hecho de que algunos miembros de la comunidad pudieran trabajar como guías turísticos o en el área de servicio de lujosos hoteles cercanos.

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Sani Lodge cuenta con 14 cabañas y tiene capacidad para 25 personas. Foto: Rhett A. Butler.

“Si quieren perforar en el territorio de la comuna, tienen que darme un hotel de primera con todo lo necesario. Con canoa, con radio, con todo lo necesario para operar”, le exigió Gualinga al gerente de Oxy. Tras varios meses de resistencia y negociaciones, la comunidad ganó esa negociación. La petrolera construyó tres cabañas, un restaurante y un bar a los pies de la laguna Challuacocha, a unos 10 minutos del centro comunitario en lancha. A ese lugar lo llamaron Sani Lodge y abrió sus puertas en el 2002.

Después de la exploración inicial en el proyecto Aguarico 3D, Oxy se retiró del territorio en el 2002, sin dar mayor información sobre los hallazgos petroleros, de acuerdo con una publicación de Biodiversidadla.org. El Ministerio de Energía y Minas le dijo a esta alianza periodística que “con la adquisición sísmica 3D, se obtuvo información geofísica de los bloques”, pero no dieron más detalles sobre la viabilidad de explotación en ese territorio. Sin embargo, años más tarde, la industria regresaría a la comuna. Mientras tanto, Sani Isla le hacía honor a su nombre: poco a poco, fue rodeada por campos petroleros. Al este está el campo Edén-Yuturi; al noreste, el campo Pañacocha, y al noroeste, la estación Limoncocha.

Sani Lodge es un escudo de conservación

Sani Isla tiene actualmente 31 000 hectáreas. La mitad de esa superficie, ubicada en la parte sur, se sobrepone al Parque Nacional Yasuní. La biodiversidad, junto a escenarios casi fantásticos creados por los bosques inundados y de tierra firme, además del río Napo, han hecho que este sea un destino atractivo para muchos turistas extranjeros. Es más, el esfuerzo de Sani Isla fue reconocido en 2019 por Green Destinations, organización que incluyó a Sani Lodge entre los 100 mejores destinos sostenibles del mundo en ese año.

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El atardecer en Sani Lodge, desde una torre de 35 metros de altura, construida junto a un ceibo. Foto: Ana Cristina Alvarado.

Pero el éxito de este proyecto turístico comunitario tendría una pausa. El hospedaje cerró en 2019, después de que los intereses de los préstamos bancarios para construir más cabañas se volvieran “una bola de nieve”, de acuerdo con Javier Gualinga, gerente del emprendimiento. El gerente reconoce que la falta de conocimiento del sistema bancario los llevó a la bancarrota. Los trabajadores del hospedaje, que ya eran expertos en cocina, servicio y guianza, se vieron obligados a regresar a las chacras. Con la pandemia por el Covid-19, las esperanzas se hundieron aún más, mientras que el bosque amazónico crecía e iba apoderándose de las cabañas.

En sus 17 años de funcionamiento, Sani Lodge se convirtió en una especie de escuela para los comuneros: muchos aprendieron gastronomía, logística, idiomas, construcción con estándares internacionales y cientos de nombres científicos para el avistamiento de aves. Parte de las ganancias se destinaban a la educación, para que los adolescentes con mejores calificaciones terminaran el colegio en la ciudad de Coca, capital de la provincia de Orellana, o para emergencias médicas. Además, el emprendimiento también motivó la creación de Sani Warmi, una organización de mujeres que brindaba servicios turísticos, y vendía comida típica, artesanías y medicina ancestral. Por eso, reabrir el lodge era una meta que no se podía abandonar. 

Javier Gualinga es uno de los guías más destacados de la comunidad, fue elegido para liderar el renacimiento de este emprendimiento en 2021 y nuevamente es su gerente. “Volvimos de las cenizas”, recuerda. “Por Sani Lodge estoy dónde estoy”, asegura. 

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Javier Gualinga, gerente de Sani Lodge, busca fauna durante un recorrido turístico en los bosques de Sani Lodge. Foto: Rhett A. Butler.

Gualinga empezó como guía, un trabajo que se da muy fácil para los amazónicos, pues conocen bien su entorno. Además, tomó algunos cursos de Biología y su interés le llevó a obtener una beca para estudiar inglés e historia natural con enfoque en bosques tropicales en Estados Unidos. Esta preparación le permitió liderar con éxito la reapertura, y aunque todavía hay deudas y dificultades, la comunidad pone sus esperanzas en esta iniciativa. “Gracias a Dios, el compañero Javier se paró duro y ahorita ya estamos otra vez [en funcionamiento]. Nosotros ya no pensamos en la compañía [petrolera]. Mejor pensar en el futuro”, reflexiona Blanca Tapuy con respecto a las divisiones que hubo en el pasado por la industria petrolera. 40 personas de la comunidad trabajan actualmente en el hotel y la mayoría son jóvenes.

Conservar en medio del interés petrolero

Sani Lodge nació en el 2002 y fue creciendo a la par que lo hacía, de nuevo, el interés petrolero en la zona. En 2008, la estatal Petroamazonas —filial de Petroecuador que estaba a cargo del Bloque 15 desde 2006— volvió a la comunidad para complementar los estudios que había hecho Oxy en el 2000. Pero, a diferencia del primer intento, ahora Sani Isla tenía más información y oportunidades laborales. “Sani Lodge ahora es un escudo”, explica Javier Gualinga. “Muchas comunidades no han podido proteger sus territorios, pero el turismo comunitario ha sido para nosotros el camino para resolver y subsistir”, añade por su parte Edwing Gualinga, vicepresidente de la comunidad. 

Sin embargo, como continuación del proyecto Aguarico 3D, Petroamazonas perforó el pozo exploratorio Sani Isla 1 en el territorio comunal. Según el Ministerio de Energía y Minas, en esta fase también se realizó consulta previa. “Indicios de hidrocarburos. No fue productivo”, se lee sobre los resultados de esa exploración en el documento enviado por el Ministerio sectorial a Mongabay Latam y La Barra Espaciadora.

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Edwing Gualinga, vicepresidente de Sani Isla, muestra el mapa del territorio comunitario. Foto: Ana Cristina Alvarado.
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Digna Coquinche, presidenta de la asociación de mujeres Sani Warmi, muestra un cacao blanco (Theobroma bicolor) de la chacra comunal. Foto: Rhett A. Butler.

A pesar de los resultados poco alentadores, la industria petrolera volvió a la comunidad con un nuevo proyecto. El Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Ecológica (Maate) “otorgó el 20 de marzo de 2009, la Licencia Ambiental No. 044 para la ejecución del Proyecto de prospección sísmica 3D en las áreas Cedros y Garzacocha [ubicadas entre los bloques 12 y 15]”, según le confirmó el equipo de comunicación de esa entidad a esta alianza periodística.

Según el Maate, “se realizó el proceso de Participación Ciudadana en donde se socializa con las comunidades aledañas al proyecto las características de la ejecución del mismo, así como el Plan de Manejo Ambiental planteado para dicho proyecto. Una vez finalizado este proceso y demás procedimientos de regularización ambiental, se otorgó la Licencia Ambiental”. El 9 de mayo de 2009 la comunidad respondió con una asamblea general en la que rechazó cualquier actividad petrolera en el territorio.

Pero el rechazo no fue escuchado por el gobierno del entonces presidente Rafael Correa. El proyecto antes mencionado se desarrolló entre marzo de 2009 y abril de 2015, recalcando que la prospección sísmica 3D es una actividad que se realiza como parte de la fase de exploración y no es una actividad continua, por lo que se ejecutó en varias campañas durante el periodo antes mencionado”, aclaró el Maate.

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El mono ardilla se mueve entre los árboles en búsqueda de alimento. Foto: Rhett A. Butler.

En estos años, la comunidad siguió buscando alternativas para evitar la explotación petrolera en su territorio. En febrero de 2013, se lanzó una campaña en Avaaz, una organización civil global que promueve el activismo ciudadano en línea, para llamar la atención internacional y evitar los avances de la industria en Sani Isla. Más de un millón de personas de todo el mundo firmaron esta petición. Una vez que finalizó la prospección sísmica 3D, ya no se realizaron más actividades en la comunidad y el Ministerio de Energía y Minas no respondió sobre los resultados que arrojó esa exploración.

Aunque parezca contradictorio, en 2010, el Ministerio de Ambiente había firmado un convenio de conservación con la comunidad bajo el programa Socio Bosque. Este programa entrega, desde 2008, incentivos económicos a campesinos y comunidades indígenas que se comprometen voluntariamente a la conservación y protección de la naturaleza. En Sani Isla, 9683,8 hectáreas están protegidas bajo esta modalidad. Además, la comuna conserva 16 577 hectáreas por iniciativa propia. En total, se conservan unas 25 000 hectáreas, lo que representa el 80,6 % del territorio comunitario.

Según el Maate, la comunidad recibe unos 62 451 dólares anuales por mantener intactas esas más de 9000 hectáreas que hacen parte de Socio Bosque. Gran parte del dinero se destina al salario de seis guardabosques comunitarios y a la compra de utilería necesaria para sus operaciones, según comenta el vicepresidente Edwing Gualinga. 

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La pava hedionda (Opisthocomus hoazin) es un ave fácil de observar en Sani Lodge. Foto: Rhett A. Butler.

Ya han pasado ocho años desde que la industria petrolera dejó de explorar en Sani Isla, pero las amenazas a la integridad natural del territorio ahora recaen en la tala y la cacería realizada por personas de otras comunidades en la parte norte del territorio, que colinda con el corazón petrolero del Ecuador y con cultivos de palma de aceite. Hace poco, los guardabosques construyeron un punto de control en esa zona que, según el vicepresidente, ya ha detenido el ingreso de personas ajenas a Sani Isla.

Los incentivos de Socio Bosque también son destinados a la educación, a la salud y a los gastos organizativos. “La fortaleza de Sani Isla es que ha hecho un buen manejo de los recursos, con transparencia. La comunidad no ha fallado en términos de los requisitos ni ha habido suspensión por incumplimiento”, asegura Carolina Rosero, directora del programa de Amazonía de Conservación Internacional (CI), una ONG que trabaja para proteger el ambiente con base en alianzas con actores estratégicos, investigación y comunicación. CI, además, es uno de los cooperantes de Socio Bosque. “Los jóvenes ven una oportunidad dentro de la comunidad para tener un crecimiento personal y fuentes de ingresos”, agrega la experta.

Al mismo tiempo que Petroamazonas inició su intento por ingresar a la comunidad, en 2009, Blanca Tapuy y Guadalupe Avilés (ya fallecida) encabezaron la creación de Sani Warmi. El lodge era una fuente de trabajo principalmente para hombres, mientras que la mayoría de mujeres se quedaba en casa, cuenta Tapuy. Cerca de 60 mujeres construyeron un centro de interpretación, en el que reciben a turistas de Sani Lodge y de proyectos turísticos vecinos. “Es que para todo toca pararse duro, porque sino, solo ver a los varones no alcanza para subsistir”, opina Tapuy.

En este espacio, construido de manera tradicional y vistiendo sus trajes característicos, las sani warmi venden artesanías y sirven platos típicos con los productos de su chacra y piscícola comunitaria: plátano, semillas de cacao blanco, palmito, yuca, chontacuros, cachamas, entre otros. Este proyecto también ha reforzado el lazo que tienen las mujeres con Socio Bosque y Sani Lodge. “Nosotras queremos mantener el bosque, que esté verde por donde quiera”, dice Digna Coquinche, presidenta de Sani Warmi.

Desastres ambientales y falta de servicios básicos

Sani Isla no solo ha tenido que hacerle frente a la industria petrolera sino que, desde el desastre ambiental ocasionado por la desaparición de la cascada San Rafael, a inicios de 2020, la erosión regresiva del río Coca —afluente del río Napo— y los consecuentes derrames de petróleo, el Napo actúa diferente. Los kichwa aseguran que la voracidad del río ha desaparecido islas y ha arrasado con las zonas bajas de las comunidades ribereñas. 

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Blanca Tapuy lidera la defensa del territorio y de la naturaleza en Sani Isla. También es una de las fundadoras de Sani Warmi. Foto: Ana Cristina Alvarado.

“Las comunidades seguirán teniendo problemas en los próximos años. Los caladeros donde pescaban desaparecerán o cambiarán de lugar de manera muy rápida, de un día al otro”, dice Juan Morán, doctor en Geografía, especializado en paisajes amazónico-andinos y habitante de la ciudad de Coca. Además —explica— debido al proceso erosivo pueden darse derrumbes o acumulación de sedimentos que impactan negativamente en los servicios que ofrecen los ríos y en las infraestructuras cercanas a los lechos.

A esto se suma la contaminación ocasionada por la minería ilegal en la cabecera del Napo, en la provincia del mismo nombre. “El río ha cambiado de color y ahora es más espeso, más arenoso, más sucio. Hemos perdido bastantes especies de peces —afirma Edwing Gualinga—, la necesidad de agua potable es urgente”.

La comunidad tampoco tiene luz eléctrica, escuela secundaria ni centro de salud. Han recibido propuestas para proveerles de servicios básicos, pero sus habitantes dicen que estas obras vienen con la construcción de caminos, lo que generaría impactos ambientales y sociales. 

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Miembros de Sani Warmi comparten chicha y alimentos tradicionales alrededor de la brasa. Foto: Ana Cristina Alvarado.

Carolina Rosero, de CI, asegura que esta es una de las más grandes amenazas a los bosques. “Cuando se abren vías, entran colonos a deforestar o cazar, ingresan drogas y hay alcoholismo. Hay que pensar en alternativas que no impliquen la apertura de caminos”, dice. La implementación de paneles solares —tal como se abastece de energía el lodge— y de filtros para el agua podrían solucionar las necesidades más apremiantes de Sani Isla.

“Si es que hay una carretera, se abren más pozos petroleros y hay un acceso más fácil —dice Javier Gualinga—, estamos bajo una presión inmensa”. Blanca Tapuy, asegura que el Estado ecuatoriano no ha cedido en su intento de hacer nuevas exploraciones petroleras en Sani Isla, sin embargo, las instituciones de gobierno consultadas para este reportaje aseguran que no hay nuevos planes de ingresar a la comunidad.

Los cambios que ha sufrido el río Napo también ponen en riesgo a Sani Lodge. De acuerdo con Javier Gualinga, las crecidas del cauce ya han traído petróleo de los derrames y una tierra arenosa que ha afectado a las lagunas de aguas negras y a los pantanos. Gualinga teme que la biodiversidad decaiga y el turismo se vea afectado.

El lago Challuacocha, naturalmente de aguas negras, por la concentración de materia orgánica, es uno de los atractivos de Sani Lodge. Foto: Ana Cristina Alvarado.

“No hay acciones claras por parte de las instituciones de gobierno —reclama el geógrafo Juan Morán—, no hay proyectos que hablen de estas cuestiones de forma seria. Poco importan las cuestiones de las comunidades indígenas o de las comunidades aledañas a los ríos. Desde mi punto de vista están un poco abandonadas”.

A pesar de las debilidades, Javier Gualinga confía en que las cosas sean diferentes. Ahora conocen sobre los derechos de los pueblos indígenas y han podido valorar las oportunidades de la conservación y el turismo comunitario para evitar que la industria petrolera les cause daños similares a los que, aseguran, han visto en las comunidades vecinas. “Observamos ahora de lo que nos hemos salvado. La generación joven de la comunidad ya entiende cuál es el futuro del mundo: tratar de conservar lo más que se pueda”, asegura.


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