Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

Al cumplirse un año desde que se inició la emergencia por la pandemia en Ecuador, el presidente Lenín Moreno trinó: “Hemos vivido el año más duro en la historia del país. Juntos nos hemos esforzado para superarlo, juntos saldremos adelante. Es tiempo de alimentar la esperanza de retomar la vida con un objetivo común: ¡el bienestar de todos los ecuatorianos!”.

Pero el presidente mintió con descaro. Ecuador comenzó el aislamiento el 16 de marzo y un año después hay 62 cuerpos extraviados en manos de las autoridades de gobierno, como lo demostró el reportaje Ecuador desentierra cuerpos para encubrir sus culpas. Más de 100 familias dudan de que sus familiares fallecidos estén enterrados donde el Gobierno les dijo que están, funcionarios de alto nivel están presos o enfrentan procesos de enjuiciamiento por su relación con los actos de corrupción e incluso hay un exministro de Salud que salió del país huyendo de sus responsabilidades después de mentirnos. Por si esto fuera poco, la polarización heredada del régimen anterior luce ahora desbocada. Hemos naturalizado la muerte y las autoridades nos mienten en la cara.

Sí, este país insultado, pisoteado y burlado cumple un año de pandemia. Un año en el que Moreno ha dirigido un gobierno sin alma, a punta de mentiras y de cinismo. Un año en el que la persecución a los perseguidores de antes -cual berrinche de adolescentes- ha puesto en serio peligro a la democracia que prometieron cuidar. Cumplimos un año en el que pesó más la venganza política en la mente de un grupo de incompetentes que la vida de las personas. Un año en el que los funcionarios que han acompañado a Moreno en su gobierno y su reducido séquito han sido cómplices de un manejo de la crisis sanitaria que deja como saldo cientos de miles de muertes que pudieron evitarse.

Durante los últimos cuatro años, la venganza política se convirtió en el pretexto para encubrir los sucesivos errores de ministros negligentes y funcionarios incapaces. Pero con el paso del tiempo, todo sobrevino en el cinismo como política pública.

Al gobierno de Moreno le queda explicar por qué su ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, decidió negarse a desclasificar la información sobre el secuestro y asesinato del equipo de prensa de El Comercio, en 2018. Moreno debe explicar por qué no se deshizo del arbitrario sistema de justicia que heredó y por qué, en su lugar, lo pervirtió aún más. Por qué ordenó reprimir con violencia en octubre de 2019 luego de provocar al pueblo con decisiones inconsultas y por qué no ha respondido por las 11 vidas que se perdieron bajo su primitiva idea de orden. Por qué no responde a las familias de los reclusos asesinados en febrero en las cáceles de un sistema de rehabilitación que no quiso reparar y que, en lugar de rehabilitar, amontona carne humana en elefantes blancos desde el 2014.

Justo hoy, cuando se intenta posicionar en redes sociales la etiqueta #CuandoElOdioEstabaDeModa, llama la atención que el odio siga de moda y que se lleve consigo incluso los más sagrados valores de una democracia. Los discursos de odio no son libertad de expresión. Esta República del Cinismo ha naturalizado las mentiras de las autoridades en cadena nacional, en comunicados oficiales, en tuits y en boletines de prensa, y los candidatos replican la fórmula anunciando un nuevo régimen de cinismo. Así es como la clase política ecuatoriana se nos ríe en la cara a diario.

Por evocar algunos ejemplos más: Juan Carlos Zevallos decía en televisión que el virus había sido controlado en Quito, cuando los contagios recién formaban nuevos focos en otras ciudades del país. Ese exfuncionario, hoy medio escondido, arremetió contra la población atribuyéndole toda la responsabilidad del aumento de contagios sin reconocer que sin un control epidemiológico masivo no había posibilidad alguna de frenar la expansión del virus. Manipuló las cifras y bloqueó toda información proveniente del Ministerio de Salud.

Recordamos también a la exministra de Gobierno María Paula Romo decir que Ecuador es el país más expedito en el control de la pandemia por haber tomado decisiones a tiempo, y a la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, aventurándose en una campaña política que buscó vender la idea de que su ciudad logró someter al virus de una manera ejemplar, luego de que todo el país vio cómo dispuso cerrar la pista del aeropuerto de la ciudad para impedir el aterrizaje de un avión que traía a ciudadanos y ciudadanas ecuatorianos en un vuelo humanitario, en abril del 2020. ¿Qué pasó con ella? Ah, claro, es que Romo dijo que no es necesario abrir polémicas en medio de la emergencia y así zanjó el problema. Romo, en realidad, buscaba evitar abrir un frente en contra de su régimen ya desgastado, desprestigiado y negligente. Y fracasó.

A Zevallos, aupado por el estilo de gobernar que impuso Romo ante un presidente obscenamente ausente, se le dio por aparecer en varios medios de alcance nacional para continuar mintiendo: llegó a difundir cifras a su antojo para defender sus argumentos. Meses después se palanqueó las dos dosis de la vacuna para su madre, invitó a los gremios de sus amigos personales a ser vacunados, ignorando al personal de primera línea, y furtivamente huyó del país con el beneplácito de su amigo el presidente que tuitea como quien nos escupe.

Esta República del Cinismo es la que nos quiere hacer creer que las disculpas públicas en redes sociales bastan para desvanecer las responsabilidades sobre lo que podría constituir crimen de Estado. ¿O es que acaso tenemos que preguntarnos si el extravío de cadáveres víctimas de Covid-19 en manos de las autoridades no es un delito de alta gama? ¿O es que acaso aún dudamos de que el proyecto de vacunación a las y los adultos mayores no es una burla a la dignidad humana y una violación de sus derechos?

El reciente fracaso en el lanzamiento del plan de vacunación para las personas mayores de 65 años es apenas un eslabón más en la cadena de carcajadas con las que el régimen de Lenín Moreno nos ha castigado durante este año de pandemia. Y sí, ya sabemos que nada le conmueve. Moreno, desde su cómoda silla presidencial, mira siempre hacia otro lado y de vez en cuando trina en Twitter.

Este año de pandemia ha bastado para derrumbar todo atisbo de confianza en las autoridades y en las instituciones de un Estado ya bastante descompuesto. Ha bastado un año para desmantelar el respeto más básico por la vida, sin olvidar que se han tomado ya 14 años para acabar con un espíritu de convivencia que nos alcanzaba, al menos, para reunirnos en un mismo abrazo en los momentos difíciles.

Un régimen que pretenda irse sin pena, sin gloria y sin rendir cuentas a sus mandantes en tribunales éticos y transparentes es un régimen nefasto por donde se lo mire. Tan nefasto como el que lo precedió y del que proviene directamente.

El oscuro manejo de la pandemia es la culminación de un estilo de gobierno que, so pretexto de una venganza política que es un fiasco y que a la sociedad civil le importa poco, ha convertido a todo un país en un sinsentido. Si nos han mentido en la cara burlándose de nuestra propia vida, ¿por qué tendríamos que cuidar las formas? Lo que deja, presidente Moreno, son las sobras de una democracia.


Diego Cazar Baquero es periodista, docente y cantante. Es director y editor general de la revista digital La Barra Espaciadora y es cofundador y miembro del consejo editorial de la revista LATE. Es parte de la Fundación Periodistas Sin Cadenas.


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