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Las derrotas de esas damas son conquistas colectivas

Hace más de cien años, grupos conservadores de mujeres se organizaron para protestar en contra de todo aquello que, siendo avance en términos de derechos y libertades, afectara su particular profesión de fe religiosa. La moral ha sido históricamente el grillete de nuestras sociedades y el obstáculo más duro de roer en la lucha por conquistar derechos. En tiempos en los que debatimos sobre despenalizar el aborto o sancionar al femicida y erradicar el femicidio, Cristina Burneo Salazar echa un vistazo a los episodios que registra la historia, todos ellos significativas derrotas de los grupos conservadores.

Una mujer encabeza uno de los grupos de la marcha Vivas nos queremos en Quito, en noviembre del 2016. Los colectivos feministas y organizaciones defensoras de derechos en Ecuador convocan cada año a más marchantes y llegan con sus demandas a incidir en la generación de leyes y en las decisiones de la justicia, con exigencias como la erradicación de los femicidios y la despenalización del aborto. Foto: Edu León.

Por Cristina Burneo Salazar

En la segunda mitad del siglo XIX y al abrirse el siglo XX, las mujeres de las élites ecuatorianas llevan su vida en torno a grupos que velan por la decencia y por la perpetuación del orden religioso por sobre el civil y, aunque hacen actividad pública, se consideran no políticas: “La arma de la mujer es la oración” (sic), dicen en sus cartas.

En 2014, la historiadora Ana María Goetschel recogió, en el volumen Cartas públicas de mujeres ecuatorianas, documentos que, esto de verdad sorprende, parecieran ser escritos hoy por las familias de Con mis hijos no te metas, por los padres que usan el “síndrome de alienación parental” para demonizar a las mujeres separadas o por los grupos antiderechos que se llaman a sí mismos «provida». Solo que las cartas recopiladas fueron firmadas hace más de cien años por grupos que, hoy lo comprobamos, son sus antecesores y dejaron registrados en sus manifiestos lo que hoy vemos como francas derrotas de un conservadurismo que ha ido perdiendo terreno gracias a las luchas civiles y progresistas.

1877

Las señoras de Cuenca y las de Loja invitan a la gente a salir a las calles a defender su fe ante “la injusta exclusión de la iglesia de la enseñanza pública, pues es impía, antisocial y criminal”.

1878

Se suman las señoras de Guayaquil, alarmadas ante el discurso del progreso y la amenaza de que la iglesia pierda poder en el sistema educativo.

En la carta de Loja, de 1877, las mujeres acusan al Estado de criminal pues “vulnera los sagrados derechos de la paternidad en su más elevada función: la educación de la infancia. Nosotras, como nuestros esposos, no deseamos para nuestros hijos otra ilustración que la verdad eterna, ni otra moral que la enseñada por Jesucristo”. Hoy, en 2018, los grupos conservadores demonizan el enfoque de género en el sistema educativo: para ellos, género es igual a degeneración social, libertinaje y corrupción sexual y dicen lo mismo que en 1877: queremos educar a nuestros hijos en el oscurantismo que supone negar la diferencia sexual, el deseo y la ciencia. A partir de 1878, esos grupos perdieron, a pesar de sus esfuerzos y de sus manifestaciones en la plaza pública: la educación laica se impuso por sobre la educación “en la verdad eterna”.

1902

Las llamadas “Matronas de Quito” protestaron públicamente contra la ley del matrimonio civil porque abría la posibilidad del divorcio. Si bien en un inicio el divorcio se admitía solo por adulterio de la mujer, luego el concubinato del esposo fue otra razón admitida, así como el hacer daño al cónyuge, fuera el hombre o la mujer.

1910

Ecuador contó desde 1910 con el divorcio por mutuo consentimiento. Para las matronas, este proyecto de ley es “anticatólico e inmoral”: “legalizar el concubinato es prostituir a la mujer”, reclaman. En todo el país, las mujeres católicas y conservadoras demandan anular el proyecto de ley y hacer el matrimonio eclesiástico la única forma legítima de unión para formar familias.

La sociedad ganó cuando las mujeres alcanzaron a ver la posibilidad de terminar sus matrimonios en lugar de permanecer unidas a quien no amaban o les hacía daño “hasta la muerte”, como mandaba el sacramento. Y perdieron, una vez más, los grupos conservadores. Hoy, junto al matrimonio civil, se abre ante nosotros la posibilidad del matrimonio igualitario para quien la elija y necesite ampararse bajo esa figura: ya tenemos uniones de hecho para parejas del mismo sexo y, lo sabemos, esto no retrocede. Y si bien toda ley es perfectible y ninguna ley regula el deseo, en este marco, ganamos una vez más.

En ese mismo 1902, las mismas damas de Ibarra miraban una relación satánica entre la ley del matrimonio civil y la de enseñanza laica obligatoria: “Después de haberse ultrajado la dignidad de la mujer ecuatoriana (…) viene de suyo el ateísmo”, escribían en una hoja volante, y prometían desobedecer ambas leyes: no mandar a los hijos a la escuela, por ejemplo. No pudieron. Esa tensión entre la obligación y la introducción de lo civil en la vida familiar es complicada, pero en 1902 abría caminos de laicidad para la educación y los derechos, en un marco jurídico que hoy no logra ponerse al día respecto de la conducta social, es verdad, pero entonces esto era una conquista laica, por tanto, una conquista para nosotros hoy.

Mátala

El matrimonio y el “concubinato” están siempre vinculados a la obligación de fidelidad dentro de la pareja. En Ecuador, el adulterio no es un delito desde 1983, pero hasta 1989, hace apenas 29 años, no era un crimen asesinar a una mujer si se la encontraba siendo infiel. El Código Penal aprobado en Ecuador en 1938 decía: “Están exentos de sanción penal el padre, abuelo o hermano que hiera, golpee o mate a la mujer (hija, nieta o hermana) sorprendida en un acto carnal ilegítimo”. No tienen responsabilidad los hombres de la familia que maten a una adúltera. ¡Así como lo lee, y hace menos de 30 años!

Es decir, cuando yo nací, aún era legal asesinar a las adúlteras en su cama. Si cualquier mujer de mi familia hubiera sido hallada en esa situación, cualquiera de los hombres de mi familia podría haberla asesinado sin tener responsabilidad legal. ¿Cómo me contarían esa historia hoy dentro de la historia familiar? Es una conquista de las mujeres no ser asesinadas por ser infieles. El momento en que matarnos se volvió un crimen, siniestro como suena, algo conquistamos. Quizás una posibilidad mayor de seguir vivas.

En 1872, Alejandro Dumas hijo, periodista muy reconocido en Europa y en las Américas, escribió en Francia el volumen Matrimonio, adulterio, divorcio. En numerosas digresiones, el texto justifica de varias maneras que un hombre pueda asesinar a su esposa al encontrarla siendo infiel. Entre otros pasajes que dan cuenta de la misoginia como fundamento en la historia del Derecho, algo que aún nos falta cuestionarnos, se halla este, copiado textualmente de Dumas cuando se refiere a la esposa adúltera, que daña la reputación del esposo:

“Si no hay nada que la impida prostituir tu nombre con su cuerpo; si ella te limita en tu movimiento humano; si te detiene en tu acción divina (…) proclámate personalmente, en nombre de tu señor Dios, el juez ejecutor de aquella criatura. Aquello no es la mujer, ni siquiera una mujer: no está dentro de la concepción divina, es puramente animal, es la mona del país de Nod, es la hembra de Caín: MÁTALA.”

Mátala. No tengas piedad, pues te ha dañado socialmente, por tanto, puedes cobrar la falta por mano propia: no es una mujer, es un animal. Año 1872, hace menos de 150 años. La misoginia perdió cuando demostramos, gracias a las luchas infatigables de las mujeres y la vida que dejaron en ellas, que nuestro cerebro es muy parecido al del hombre y que tiene la misma capacidad; que las emociones no sustituyen a nuestra inteligencia sino que se articulan a ella, por tanto, nuestra subjetividad no se reduce a la histeria; que somos seres humanos. Revolucionario: somos seres humanos. Hoy, en 2018, la humanidad de las mujeres aún es denigrada cuando somos asesinadas, traficadas, violadas, reducidas a nada. Y con nuestra denigración vienen las violencias contra los niños, las niñas, los cuerpos sexualmente disidentes, la población LGBTI. Tras de todas nosotras, cada una, el mandato del hombre letrado del siglo XIX que se veía amparado en todos los órdenes: MÁTALA.

Una dama anónima decidió responder a Dumas defendiendo la emancipación de la mujer, que a él, como decía su libelo, “le causaba risa”. ¿Qué risa puede causar la causa de la emancipación de las mujeres? Le preguntaba esta dama que pidió algo revolucionario: que las mujeres adúlteras no fueran asesinadas por mano de sus esposos, sino que fueran juzgadas con el mismo código penal que los hombres. Sí: no nos maten, júzguennos. Por escalofriante que suene hoy, en ese momento, las mujeres conquistaban un derecho: ser criminales según lo que dictaba el código francés, en ese caso -se extendió, por supuesto, a nuestros códigos-, para mantener su vida.

1929

En 1929, hace menos de cien años, firman otra carta pública las “señoras riobambeñas”. Al parecer, llegan a la ciudad oradores extranjeros que hablarán de la Sociología y de ciencias. Las damas se alborotan: el conocimiento universitario amenaza con un “asalto temerario” a la armonía religiosa de la ciudad. “Quien, bajo el ropaje falaz moralista o conferencista, intente abusar de la tolerancia de un pueblo creyente en grado sumo y moral, debe tener en cuenta que la obra de disociación y trastorno no puede ser mirada sino como ingrata y reprochable, sujeta por ende a la anetematización de quienes contemplan en ella directo ultraje a sus creencias y su fe.”

El ropaje falaz es el conocimiento, la disociación constituye el sometimiento a examen crítico de aquello que nos han repetido y que no aceptamos como verdadero. Las damas riobambeñas tenían miedo de lo que hoy sabemos gracias a la ciencia, a la laicidad y a nuestra experiencia vital, encarnada en el cuerpo. Perdieron: las universidades ecuatorianas inscribieron no solo la Sociología sino las ciencias en la educación pública y, aunque hoy no hallemos sino crisis en cualquier ámbito del sistema educativo, en 1929 la universidad laica era una conquista.

1997

Hace apenas 21 años, se despenalizó la homosexualidad en Ecuador. Cuerpos históricamente despreciados, violentados, personas para las que no había lugar, empujaron con una valentía admirable una lucha en la que tenían todo en contra, y todo ello fundado en una ignorancia enormemente violenta. Quienes empujaron estas luchas se abrieron un lugar social y, gracias a ellos, aprendíamos a convivir desde la diferencia, no desde la “igualdad” aplanada de las leyes universales. Con ellos, ganamos todos. Y perdieron las “damas” de esta época. Cada vez que una persona LGBTI camina por la calle sin ser asesinada, o deja hablar a su cuerpo sin tener que reprimirlo, o ríe, o habla alto, o no es asesinada, gana su lucha y pierden quienes quieren anular su vida.

Hagan sus marchas antiderechos. No pudieron contra el matrimonio civil, el divorcio libre para las mujeres, la eliminación del adulterio como justificación para matarnos, la despenalización de la homosexualidad hace 21 años. No podrán contra este escudo que llamamos “género” ni podrán contra el aborto, una marea que no baja. Nuestras luchas no se reducen a lo jurídico ni la ley es el fin último, pero ya que el Derecho existe, lo interpelamos desde nuestra experiencia de vida, y no dejaremos de hacerlo. En las respuestas a sus cartas públicas, a sus manifestaciones de odio, están las vías de nuestras emancipaciones, y se han ido ensanchando. Si venimos haciendo esto hace siglos, no hay razón para detenernos hoy, es nuestra vida la que sigue en juego y es un juego en el que nos jugamos todo.

2 COMENTARIOS

  1. Análisis como este son verdaderos puntos de inflexión en las taras sociales que arrastramos como anclas en la playa.

  2. miren la clase de enloquecidas que quieren mangonear la sociedad a su antojo, con las tetas al aire, reivindicando la prostitución y el adulterio. Mírense en Europa o USA, al borde la guerra civil donde la mierda liberal ha puesto a la mitad del pueblo de enemigo de la otra mitad, invadidos de musulmanes, mexicanos y africanos a quienes les permiten toda clase de abusos porque allá la mayoría son ateos y liberales de izquierda. O en Alemania no más donde la vieja liberada de Merkel, de la juventud comunista y sin hijos, destruyó su país entregándoselo a los «refugiados» musulmanes, que consideran a Europa y en especial Alemania un burdel al aire libre, donde trabajar es para pendejos porque son mantenidos por los alemanes, que necesitan «trabajadores inmigrantes» porque abortaron a los hijos. Imbéciles.

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