Por Julia Ortega / @ortegajulia

En una ceremonia que intentaba despedirlo con alegría, “como él hubiera querido”, el 26 de enero de 2021, se enterraron las cenizas de Tadashi Maeda, el violinista nacido en Osaka, Japón, director musical de la Fundación Teatro Nacional Sucre, desde el 2010. Sobre ellas se sembró un árbol de aguacate. Su esposa, Chinatsu, y su hijo Bungo Maeda colocaron la planta. Su hija Mina seguramente presenciaba la ceremonia desde Valencia, España, donde estudia actualmente. Cada uno de los presentes, sus más cercanos amigos, todos músicos o productores, tomaron una pala pequeña para echar un poco de tierra delicadamente. Tatiana Carrillo, directora del Centro Cultural Mama Cuchara, fue la primera en hacerlo, se arrodilló y dejó notar claramente su emoción.

Antes, un acto artístico tramado entre todos ellos, algunos de quienes integran el Sexteto, como Antonio Cilio, Milton Castañeda, Jorge Cela, además de Jorge Oviedo, anterior director musical del Teatro.

La Celebración a la vida de Tadashi fue transmitida en vivo por su página de Facebook y tuvo más de 850 personas conectadas. Duró exactamente una hora. En ella, se escuchó la voz emocionada de Margarita Laso y Sergio Sacoto; también estuvo invitado el pianista Nelson Maldonado. Rolando Valladares y María Augusta Abad, junto a su hija Francine, agradecieron a su familia haber escogido su casa para dejar ahí a Tadashi e invitaron a todos a visitarlo.

Tadashi

Margarita Laso y Sergio Sacto, acompañados por miembros del sexteto de Tadashi Maeda, le rindieron tributo con sus voces. Los dos habían compartido escenarios con el maestro japonés

 “La vela que más alumbra es la que más pronto se apaga”, dijo Chia Patiño, directora de la Fundación Teatro Nacional Sucre entre 2009 y 2019, quien abrió los testimonios de amistad, amor y respeto a Tadashi, durante la ceremonia, lo hizo desde Austin-Texas. Julio Bueno -no en su calidad de recién nombrado ministro de Cultura, sino de colega y amigo- fue el último en hablar a través de video, lo hizo desde Quito. En medio de los dos maestros ecuatorianos, su profesor en Bloomington, Henryk Kowalski, lo despidió desde Suecia y su colega Nick Roth, un pianista que vino a tocar, a Quito varias veces con Tadashi, le habló desde Estados Unidos.

Eso era Tadashi, integró a todas las voces que lo despidieron con dolor y en un común intento de sobreponerse a la tristeza. Todos inconformes al saber que se fue tan pronto.

De un cultivado humor, cada uno de sus testimonios combina la gracia con la música que ahora acompaña el momento: “A esto le falta algo… la colada morada”, dijo antes de interpretar Guaguas de pan, del compositor quiteño Daniel Mancero. “El problema en Tokio es que no puedo encontrar cebiche cuando estoy chuchaqui”, dijo en otro. “Chía Patiño me obligó a venir”, bromeaba riendo en el programa de Rosalía Arteaga, en el que ella le pedía que tocara una canción apropiada para la época navideña, y él interpreta Rodolfo El Reno. Sabía que estaba muriendo y al despedirse le había dicho a Chia: “Nos vemos en mayo”. Luego sonrió.

Tadashi Maeda murió en el Hospital de Calderón. Un dolor inmenso aprieta el pecho de quien lo disfrutó. Se fue aún joven un virtuoso violinista, un ser de bella y triste alma. De alguna manera el timbre que salía de su violín lo advertía, ese timbre dulce-alegre-triste que producía la mezcla de las notas de su música.

Tadashi
El técnico de audio de Musiart, Fernando Granda, quien también ayuda a Chinatsu y Bungo Maeda a plantar el árbol de aguacate.

Como parte del Comité Externo de Programación del Teatro Sucre, donde invitada por Chia Patiño, me mantuve por 7 años, estaba cerca de Tadashi, con cercanía no a la persona sino a su obra, a sus interpretaciones, a su ligera presencia sin violín y a sus potentes y delicados movimientos escénicos, a su leve inclinación del cuerpo, a su arco preciso, a su sonrisa, a su camisa blanca ancha, a su corte de pelo marcial, a su cabeza que hacía una sutil venia, al cuadrante de su brazo derecho para llegar a la nota exacta, a sus delgados saltos, a su paso abierto.

Se ganó el amor de Quito, Cuenca, Loja, el amor del país, se ganó el aplauso, no aquel que aplaude todo, sino el aplauso difícil, se ganó también el aplauso intergeneracional: el del joven y el del viejo, la niña, la mujer, sus colegas, sus estudiantes. Se ganó el cariño del público que lo vio de lejos, con respeto, con distancia, con esas ganas de saber más de él, que se satisfacían al primer toque de su arco a la cuerda, en ese instante se comprendía que ese era su regalo para el desconocido, para el que no era músico.

En el Teatro Variedades vi y escuché al Sexteto formado por él. Aún vivía Segundo Cóndor. Sentada en la tercera fila, me impresionó Flor de la Madrugada. En ella, Tadashi incluyó sonidos japoneses mezclados con sonidos ecuatorianos, “sonidos del viento”, como los describió. Su pasillo La Margarita se escuchaba tanto en radio Visión, como en la hora de música nacional de la Radio de La Asamblea Nacional. Tiene la cadencia del valsecito, la muestra de amor y deseo, la melancolía, la alegría, la capacidad de humedecer el lacrimal y detener la lágrima hasta salir a aplaudirlo. Eso era Tadashi.

El Tadashi Maeda Sexteto es de los grupos más bellos del Ecuador y el Teatro Variedades, el teatro perfecto para el grupo, porque era como estar en el interior de una hermosa caja de música, con la sensación de haber pagado un boleto para sentir un poco Tokio y un poco Quito.

El Sexteto es una hermandad musical, una identidad expuesta en escenario, una medialuna de cuerdas y viento, que comparten Antonio Cilio, Milton Castañeda, Jorge Cela, Esteban Rivera y Segundo Cóndor, quien falleció mucho tiempo después de escribir la adaptación de La Flauta Mágica, de Mozart, a instrumentos andinos, que entre Tadashi y Carmen-Helena Téllez finalizaron, para la puesta en escena de la ópera en Quito, cuya dirección escénica la hizo Patiño.

Cuando Chía finalizó su gestión en el Teatro Nacional Sucre, me invitó a comer con Tadashi. Fuimos al La Purísima. Tomamos un trago de cortesía, brindamos y comimos. Lo ví reír al hablar con su amiga, nunca se dirigió a mí, siempre muy respetuoso solo habló con ella. Estuve presente para ser testigo del cariño de estos dos colegas, amigos, maestros que disfrutaban del teatro, de sus entretelones, de lo que hicieron, de lo que se viene, de lo que no se hizo y de lo que dejarán de hacer.

Chia Patiño vino a Quito para diciembre del 2020. Quedamos en vernos varias veces. Todas ellas venía de ver a Tadashi: Tadashi está mal, Tadashi no se mejora, voy a ver a Tadashi, vengo de verlo, sigue mal. Tadashi nos ha dejado. Se fue luego de estar varios días bien cuidado, se empezaba a sentir mejor hasta que su cuerpo no pudo más. En su canal de Youtube se puede apreciar los videos y fotografías que él quiso mostrar a su público, los gestos que escogió para su imagen.

En fondo negro, sonreído y satisfecho, un pedazo de su arco, la parte del violín en el que se apoya la quijada, el micrófono, al fondo un atril de otro músico, porque él casi nunca lo usaba en presentación, debido a su disciplina y prodigiosa memoria para aprenderse la obra completa.

En la foto que identifica la página, su rostro serio con unas gafas de marco blanco y lente negro. El video más visto es el del pasillo El Aguacate, subido hace 12 años, con 32.370 reproducciones, y el más reciente, Odio y amor, subido en marzo de 2020. De El Aguacate dice: Todo es alegre hasta esta parte en que viene un momento gris y una amenaza”… “Pero tú no olvidarás al infeliz que te adoró”.

Chia Patiño lo trajo al Ecuador como maestro de la Fosje (Fundación Orquesta Sinfónica Juvenil del Ecuador) a petición de Patricio Aizaga, pero nadie entiende cómo se quedó casi 20 años. “Me gusta el Ecuador porque vivimos al día, no pensamos en nuestros nietos. Mis hijos son ecuatorianos, le di a escoger a mi hija en qué país quería vivir: Brasil, Estados Unidos, Suecia, y escogió Ecuador”, es su explicación.

Y aquí en Ecuador se queda Tadashi, acogido por uno de los pasillos más escuchados y queridos. Se queda en el país donde vivió desde 1998, el país al que llegó con 26 años. Aquí se queda, luego de regar su música como agua, de dejarla como viento, aquí en el país en el que encontró la amistad, las ricas verduras, la deliciosa comida, la venia irreverente, la vida vivida al día, los miles de problemas con sus miles de soluciones al instante.

Se queda aquí en el país en el que cultivó una escuela, el país en el que confirmó que la cultura es el ejercicio diario de cómo alimentarse, de cómo amarse, de cómo abrazarse, de cómo no pelearse, de cómo decir las cosas.

Estoy segura de que la pandemia le obligó a estar solo muchas veces. Los videos subidos a su canal Youtube en abril del 2020 evidencian eso. En ellos estimula a los médicos y a los que están en la primera línea a seguir adelante, a no tener miedo, a buscar la manera de compartir, de seguir la vida.

La muerte de Tadashi es la muerte de una época de la vida musical de la ciudad. Es la muerte del público presente. Es la muerte de los conciertos con público en vivo. Como aquel que se hace el ‘harakiri’ por honor, ha muerto en estos tristes días Tadashi Maeda, este japonés-ecuatoriano, que se dejó adoptar y adoptó al Ecuador como su tierra, que compuso pasillos, sanjuanes, albazos, bombas, en los que combinó sonidos orientales y andinos.

Deja su música al viento, deja su humildad ilustrada en cada palabra, deja su imagen visual juvenil, su arte exacto y su sentido estético. Deja a su familia, deja el fin de su genialidad y deja una época de luces y público que se apaga en los escenarios de la Fundación Teatro Nacional Sucre.

Adiós al querido director. La música del Teatro queda huérfana sin él. En las palabras ‘lojanas’ del músico y productor Rolando Valladares, que parafraseaba algo dicho por él mismo, querido hermano, “nos quedamos como perro sin soga”.

Adiós a este gran artista. Que su ceniza reflorezca al aguacate que le cobija, que sea el alimento de su cuerpo, que sus raíces le abracen y cuando beban el agua puesta por los que tanto le quieren, las raíces también le agradezcan a él.

Que su público vaya a verle, a regarle, a celebrarle, a tocar y a brindar con él.


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