Por Freddy Ayala Plazarte

El poeta ecuatoriano Juan José Rodinás (Ambato, 1979) acaba de obtener, en Cuba, el Premio Casa de las Américas en su edición 60, por su libro de poesía Yaravi para cantar bajo un cielo del norte (biografía no autorizada de un Banksy sudamericano). No lejos de este reconocimiento, en el 2017, su libro Cuaderno de Yorkshire recibió el Premio Margarita Hierro, en España, y el Premio Nacional Jorge Carrera Andrade. En el 2013, su libro Estereozen se adjudicó el premio del Festival de la Lira, en Cuenca.

¿Qué nos sugiere recibir uno de los premios más prestigiosos de la lírica latinoamericana? No es un rumor que en los últimos años estén sobresaliendo obras de escritoras y escritores ecuatorianos que están dando mucho de que hablar en otras geografías, ni es pretensioso decir que estamos a la altura de literaturas que gozan de altísima visibilidad. La literatura ecuatoriana de los últimos años vive un momento álgido. Y esto, en un entorno que difícilmente ha visto a la poesía como representación o proyección de la cultura; donde gran parte de los autores, incluso, han tenido que pagar sus publicaciones o realizar ediciones de bajo tiraje. De ahí que el mérito de la poesía de Juan José Rodinás está precisamente en no sucumbir y en no dejar de participar activamente con la palabra en nuestro tiempo.

Acercarse a la poesía de Juan José es como jugar a descifrar las figuras cromáticas de un cuadro, que aún no está terminado, porque para él es vital observar la carpintería de cómo fue concebido, y porque eso supone aproximarnos al momento de la creación. Le ha motivado el paisaje que llevan las emociones, los recuerdos y los objetos que nos condicionan: todo cabe en un paisaje.

El temporal viaje de estudios doctorales que Juan José trazó hace un par de años a Leeds-Inglaterra, fue determinante en las memorias y experimentaciones de sus últimos libros. Aquel desarraigo cultural alimentó la posibilidad de introducir nombres de poemas en inglés y de volver a recuerdos de su infancia. Uno de estos momentos evocados por Juan José es la cajita de fósforos, donde menciona a su madre; se había fijado en la forma cúbica de este cajón de pólvora, como si ahí estuvieran guardados los misterios de la palabra.

Estoy convencido de que a Juan José le habría gustado gastar sus ahorros en pinceles y acuarelas y estar pintando autopistas, baladas y ciudades, a espaldas de un paisaje; esa habría sido la utopía de sus orígenes, pero los creadores de espíritu andrógino –que tanto defendía Virginia Wolf– sabemos que ni la sensibilidad ni la imaginación pueden ser postergadas; el poeta se las arregló para seguir pintando aquellos cuadros con la potencialidad del lenguaje.

De aquí en adelante, el nombre de Juan José Rodinás acompañará al de Jorge Enrique Adoum y Julio Pazos Barrera, ecuatorianos que en su momento recibieron el premio de poesía Casa de las Américas. Este reconocimiento, además, ubica la obra de Juan José como una de las más importantes del presente lírico del país. Sin duda, debemos dedicarle una lectura.

En estos tiempos en que la violencia se ha naturalizado y se ha apoderado de nosotros el pánico colectivo, también debería conmovernos cuando se premia, cuando se publica un libro de poesía. Quizás hace falta volver la mirada a una subversión espiritual, como dijo alguna vez Boaventura de Sousa.

Ilustración: David Kattán (Original).