Por Javier López Narváez

Todos los que habíamos coincidido en ese espacio…
estábamos heridos por el amor irresuelto.
Las Novias de Ritchie Valens

La música de mi vida

Alexis Zaldumbide Manosalvas es un melómano. Pienso esto y mi memoria se traslada de inmediato a unos quince años atrás, para proyectar la imagen de un veinteañero delgado que con seriedad, sentado en el extremo de una mesa, en casa de sus padres, en Quito, ponía su concentración en la tarea de seleccionar carpetas atiborradas de música de toda índole para descargarlas desde su laptop a un pendrive, que luego habría de entregarme, como si me estuviera confiando la llave de algún tesoro secreto.

Esa era su misión aquella tarde. Sabía que yo estaba cursando el último año de música en la universidad y se sentía en la obligación de compartir conmigo todo el soundtrack que por aquella época animaba su existencia; de modo que durante horas vi desfilar cientos, o quizá miles de bits etiquetados con nombres infinitos. Alcanzo a recordar a Nick Cave, Johnny Cash, Leonard Cohen, El Cuarteto de Nos, Pat Metheny, Los Caballeros de la Quema, Nacho Vegas, Bunbury y, por supuesto, Albert Plá.

El rumor del río que corría detrás de la casa daba un toque de calidez familiar a la escena, mientras los parlantes del computador dejaban escuchar los catalanes acordes de Crim D’amor. No recuerdo de qué iba nuestra conversación, aunque intuyo que hablamos de música y literatura. Estoy seguro de que en algún punto Alexis afirmó: “Los vínculos más fuertes que tengo con mis amigos no se deben a la literatura, sino a la música”.

Todo esto salta en mi memoria como activado por un complejo mecanismo de resortes que se ponen en marcha al observar la portada del libro Habitaciones con música de fondo, con el que Alexis Zaldumbide Manosalvas ganó el XLIII Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, el más importante del país. La portada caqui está signada al pie con el nombre de la Colección Última Erranza y en el centro un círculo grande contiene el dibujo de una radiocasetera antigua colocada en la esquina de una mesa. Al fondo, la distancia entre la mesa y una puerta cerrada está ocupada por un piso entablonado cuyo vacío –el mismo vacío del conjunto– permite intuir aquella sensación de soledad tranquila y meticulosa de la que están impregnados los ocho relatos del libro.

El Alexis de hoy –mucho menos delgado y más afable– se traslada de un punto a otro del salón, en la planta baja de la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica. Todavía flotando sobre la vaporosa nube del escritor galardonado que no termina de asimilar lo que sucede. Saluda con todo el mundo, sonríe por turnos a Ana Estrella-Santos y a Jorge Velasco Mackenzie, dos de los miembros del jurado que le otorgó el premio, y escucha entre incómodo y divertido el comentario del tercer jurado, Abdón Ubidia, que augura: “Usted va para novelista”.

En medio del barullo en la noche de premiación, Alexis hace patente su inconformidad por la desidia con que las personas a cargo del Centro de Publicaciones de la PUCE han asumido la gestión de promoción y venta del libro. Alguien observa con curiosidad el hecho de que el nombre de Zaldumbide no se escuche con frecuencia en las tertulias de los escritores de nuestra generación. Él mismo explicará en algún momento, sin ningún asomo de falsa modestia, que de manera voluntaria ha procurado apartarse del mundillo local para dedicarse a vivir y a escribir. “Me tomé 12 años para escribir este libro”, repetirá despreocupado. A mí me consta que es verdad. Pero también me consta que no es un escritor anónimo, y que este no es el primer reconocimiento que obtiene.

Una cuarta parte de los textos que componen Habitaciones… la leí hace unos doce años en un manuscrito cuyo título original era La música de mi vida. Dicho documento me llegó en formato Word, desde Ciudad de México, donde Alexis cursaba una maestría en artes visuales. Vale aclarar, en este punto, que además de lo presencial, nuestra amistad con frecuencia suele manifestarse por escrito. Quiero decir con esto que entre nosotros es imposible una llamada telefónica, a menos que se trate de algo de vida o muerte. En cambio, durante más de 15 años nos hemos dedicado a salvar distancias mediante toda clase de textos, en casi todos los formatos posibles; de modo que cuando estuvo viviendo en México mantuvimos un frecuente ida y vuelta de correos electrónicos con la que, además de mantenernos al tanto de las novedades existenciales de cada uno, nos dimos a la tarea de comenzar nuestro propio taller literario a distancia.

De los cinco relatos que contenía La música de mi vida, reconozco dos en Habitaciones…: Concrete Angel, y En el panteón de los dioses. Ambos, revisados por el autor, marcan el tono general de todo el libro: una visión apesadumbrada y trágica de las relaciones de pareja, con cierto cinismo recubierto por una pátina de humor negro. Alexis me ha dicho, en una conversación anterior al evento de premiación, que esto responde al desencanto con que nuestra generación asimila la idea de las instituciones monolíticas de la modernidad, y en esa línea, el amor de pareja como institución inmutable. “Hay 7 billones de personas en el mundo, pero la educación emocional te dice que solo hay una para ti”, reflexiona, “y si no encuentras a esa persona, o si piensas que la encontraste y fracasó ese proceso, hay un quiebre anímico que es difícil de superar porque la modernidad plantea la idea de que todo dure para siempre; pero nuestra generación ha visto cómo todos los referentes institucionales se caen a pedazos”. Esa es la frustración general que se descubre en Habitaciones….

De alguna manera, esta misma frustración se puede encontrar en la mayoría de su obra publicada. El texto que más llamó mi atención la primera vez que leí La música de mi vida fue Men and Women. Esta era la narración más larga contenida en aquel manuscrito, y su título remite sin duda a la canción de INXS. Recuerdo que al terminar de leerlo pensé que se trataba de un relato perfecto; una historia redonda y bien armada.

En algún lugar de nuestra correspondencia, Alexis me había confiado sus esfuerzos por limpiar el estilo narrativo de todo dejo poético. “La prosa de tus escritos es bastante contundente en ese sentido. Creo que tienes un estilo bastante maduro”, escribí en el correo de vuelta una vez leído el manuscrito original, “en el caso del texto más largo, se explora bastante dentro de la psicología del personaje, eso me gusta”. Todavía pienso igual, pero prefiero remitir mi comentario a la sensación original de la primera vez, para evitar la nula objetividad en la que podría incurrir, producto de los años y el camino recorrido. De todos modos, aquel criterio fue compartido por un jurado internacional que de entre más de 300 postulantes escogió, en 2008, a Men and Women entre los 17 textos que componen la Antología de la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana; de modo que hace 11 años, Zaldumbide se convirtió en uno de los pocos autores ecuatorianos –si no el único– en ser publicado en México por Random House Mondadori, bajo el sello Grijalbo, y difundido en los 35 países de la Unión Latina.

Cuando se publicó el texto, yo trabajaba escribiendo para un periódico de la capital, en el que saqué una reseña breve junto a una entrevista con Alexis. La reacción del mundillo local fue inmediata: al día siguiente un blog anónimo se lanzó en contra de Zaldumbide, acusándolo de ególatra por hablar acerca de su texto publicado. La insidia era tal que el autor o autores del blog lo llamaron “burro”. Apenas comenzada su carrera literaria, Alexis Zaldumbide tuvo que probar de primera mano una dosis de la envidiosa idiosincrasia nacional.

Crímenes de amor

Hace 10 años exactos, una universidad en Veracruz promovió la publicación de una serie de ensayos acerca del erotismo. Para ello, Alexis Zaldumbide Manosalvas preparó un particular texto titulado Pieza tras pieza en la quema de un castillo, cuyo borrador recibí como de costumbre, vía e-mail. Ese mismo trabajo, revisado y corregido, es otra de las narraciones que componen Habitaciones con música de fondo; solo que en este caso, a Pieza… se añadió entre paréntesis el subtítulo: Un ensayo echado a perder. En realidad se trata de un relato cobijado bajo la apariencia formal de la academia. El más crudo de los ocho relatos. “Ahora que lo releí, es un texto machista que tiene una carga violenta, de posesión, de venganza”, me dijo hace poco recordando “…la quema del castillo”. Lo que se explora aquí, la vinculación del amor con la muerte, y la idea del asesinato como consecuencia de la traición, es un tema que de alguna forma nos venía persiguiendo desde hace tiempo.

Instante de la entrega del Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Archivo personal del autor.

Pocos años antes de escribir Pieza tras pieza en la quema de un castillo, cuando el viaje a México aún no estaba en su horizonte, Alexis Zaldumbide me invitó a componer la música para un cortometraje que había escrito y que se disponía a dirigir, denominado Murder Ballad (como el álbum de  Nick Cave & The Bad Seeds). La historia se basaba en Crim D’amor, la canción de Albert Plá cuyo narrador detalla al comisario de la policía cómo mató a una mujer luego de violarla, en castigo por entregarse a todos los hombres menos a él (ella decía que no me quería… señor policía, ¿qué quería que hiciera?…). La historia del cortometraje de Zaldumbide era la misma, con la particularidad de que su protagonista tocaba el piano para la obra de una bailarina, quien sería la mujer asesinada. Así que compuse una pequeña pieza para piano en forma sonata, a la que titulé Muerte Lenta. Nunca vi la versión final del cortometraje, porque con su viaje a México, otra persona se quedó a cargo de la post-producción y yo perdí el rastro de todo aquello. Años más tarde escribí una letra para Muerte Lenta con la misma idea, cuya versión final se publicó bajo el título de Túnel en el disco El País de las Últimas Cosas. Pero para Alexis Zaldumbide, el momento de cerrar el tema llegó con la redacción de “…la quema del castillo”, en donde se hacen inevitables y evidentes las referencias a Nick Cave y Albert Plá.

Siempre encontré algún parentesco entre este texto en particular con el estilo de David Foster Wallace. Alexis Zaldumbide no lo niega, y en cambio reconoce a Foster Wallace como uno de sus grandes referentes literarios de aquellos tiempos. Pero no es la única influencia que reconoce. Por allí desfilan los nombres de Haruki Murakami, Paul Auster, Onetti, Philip Roth, Mario Bellatín, por nombrar algunos; el universo de las lecturas de Alexis es infinito. Así como también es infinito su consumo de música, cine y tv., lo que le permite hacer gala de una erudición cultural que se evidencia de sobra en sus relatos.

Esto le permite, además, ser un escritor camaleónico. En 2013, la editorial colombiana Hillman Publicaciones sacó al mercado sus libros La Puerta Azul y Las valerosas hazañas de Pedro Mayo, ambos textos escritos como un divertimento, destinados al público infantil, y ahora de lectura obligada en varias escuelas de Colombia.

De alguna manera, con la obra publicada antes de Habitaciones…, Alexis Zaldumbide Manosalvas se abría paso en el exterior siendo un completo desconocido en Ecuador. Por esta razón, cuando le pedí un texto suyo como prólogo al disco Desamor en 7 pecados, me decía vía e-mail: “Como todavía no tengo un nombre ganado, trata de ver si alguien con mayor peso puede hacerlo”. Sin embargo, su texto se publicó porque nos interesaba esa mirada que ya había manifestado sobre las fracturas sentimentales.

Al final del día, ese es el mismo tema de Habitaciones con música de fondo: se trata de una colección de historias de relaciones rotas o descompuestas, porque el universo emocional copaba todo el panorama de intereses artísticos que tenía aquel estudiante delgado y veinteañero que escribía desde México. “De alguna manera, mi intención era describir mi vida”, me ha dicho Alexis al reflexionar sobre su libro. “Hablar sobre la década en la que yo viví la juventud y entendí el universo. En ese momento, a esa edad, quería retratar ese sentimiento que no era solo mío, sino que me parecía generacional; lo veía en mis amigos, en la gente cercana: esa frustración de que no era cierto aquello de que las relaciones emocionales se configuran desde lo bucólico…”. 

Para qué sino la música, el sentimiento, el nervio o el dolor

Cuando entramos en nuestros treintas todo parecía haberse abotagado. Alexis Zaldumbide Manosalvas volvió a Quito, se insertó en el ámbito laboral del sector público durante el auge del correísmo, inició una sosegada vida en pareja y aunque sabíamos que aún escribía en silencio, la pasividad del día a día se veía como «una especie de confabulación del universo para hacernos sentir normales»; como diría el narrador de Las novias de Ritchie Valens, otro de los relatos de Habitaciones… Este texto se constituye en el pivote que nos obliga a mirar el espejo de la adultez de nuestra generación. Allí se retrata la abulia en que nos fue envolviendo lo cotidiano.

Poco a poco se hizo frecuente escucharle decir a Alexis que no le interesaba publicar. Recuerdo que en alguna reunión de amigos, alguien con el disco Desamor… en mano le pidió firmar al pie del prólogo, que finalizaba así: “Alexis Zaldumbide Manosalvas, escritor ecuatoriano radicado en México”. Él, con la usual dosis de humor negro, firmó: “Alexis Zaldumbide ex-critor, de vuelta en Quito”. Hace poco más de un año, caminando por una calle desierta mientras hablábamos de nuestras recientes separaciones, volví a preguntarle sobre sus intenciones de publicar, y me dijo que no pensaba buscar aquello. “No me interesa ganarme un nombre o crearme un personaje literario, sino escribir cosas que me gusten”, continúa diciendo hoy en día.

Pero en silencio, y sin contar con nadie, quién sabe qué pulsión secreta le llevó a presentar su obra ante un jurado. Nadie lo supo hasta que se anunció el ganador, y entonces lo que pocos amigos íntimos sabíamos desde hace como quince años, se ha hecho evidente en el mundillo local que siempre lo ignoró.

Foto: Zaira Chávez.