Por Camila Witt

Hoy desperté con el recuerdo de un niño descontrolado que, hace casi 23 años, brincaba en mi cama como un loco. «¡Ñañita, despiértate, ganamos, somos los más grandes, somos campeones!”. Con esos ojos oscuros de pestañas infinitas, a sus 8 años, mi hermanito no sabía de marcha ni sabía quién era Jefferson Pérez, pero eso no le importaba. Él solo sentía que ser ecuatoriano le identificaba con ese deportista y que, de alguna manera, él también ganó.  

Ese viernes de vacaciones, mi hermanito me despertó justo antes de que se escuchara el Himno Nacional del Ecuador, esa tonada que nos habían enseñado a cantar en las clases de la escuela. Cuando empezaron a sonar esas notas, él saltaba y lloraba con el pecho henchido de orgullo por ser de un lugar del mundo donde sintió que hay gente enorme, aunque no sobrepase en promedio el metro setenta de estatura. Creyó a su corta edad que ser ecuatoriano era bonito. Que si gana uno, ganamos todos. Porque para un niño escuchar el nombre de su país como un referente y escuchar las “sagradas notas” por la tele suponía una alegría infinita. Eso no fue novelería, sino ilusión. Una ilusión irrefutable: somos ecuatorianos y llegamos alto.

Carapaz
Arte: Joe Alvear.

Quiero creer que la mañana de este domingo 2 de junio, en alguna casa, en algún rincón de este país chiquitito, hubo una hermana mayor como yo que sin entender mucho de ciclismo se haya enterado, en medio de la algarabía, de que un deportista que hace pocos años era un niño como mi hermanito, subió al podio y descorchó el botellón de champán. Quiero creer que las ilusiones de los pequeños niños ecuatorianos hayan sido lo más maravilloso de la jornada. A veces siento que de eso se trata vivir: de apropiarse de lo bueno para construir el futuro de todos, de montarnos juntos en la bici de las ilusiones que nos mueven.   

No se trata de nacionalismos ni de patrioterismo vacío. Cubrirse con la bandera que nos representa durante los días de gloria es fácil. Mientras dure la embriaguez, unos hablarán del gran «orgullo carchense» que nació y creció en ese pueblo fronterizo casi olvidado y desatendido; para otros será una plataforma política, dirán que de hoy en adelante se preocuparán por el «deporte nacional» o se lanzarán el escupitajo de la culpa entre adversarios.

Yo, por mi parte, veo a decenas, a cientos de ecuatorianos, de argentinos, de colombianos, vivir la misma ilusión que sentía mi hermanito ese día de 1996, cuando el marchista cuencano Jefferson Pérez ganó el oro en Atlanta. Unos publican fotos de Richard, caricaturas, frases de alegría; y varios otros dicen en su amargura que todo es novelería. Somos especialistas en boicotearnos los buenos momentos, en no sumarnos a la sensación de triunfo colectivo, en quedarnos al margen de la alegría por si acaso algo salga mal.

Carapaz –junto a otros como él– es un referente para los niños que hoy sueñan con ser campeones, sin quejas ni rencillas. 

El sentido de pertenencia nos define, pues somos la tierra en la que nacemos, su comida, sus costumbres, su idioma, su gente. Esas «señas particulares» habría dicho Jorge Enrique Adoum.

Richard Carapaz
El 12 de mayo del 2018, en la octava etapa del Giro de Italia, Carapaz agitó el botellón de champán desde el primer sitial del podio. Su meta de ganar el Giro en el 2019 ya había sido sembrada. Foto: Ilario Biondi/Bettini. Movistar Team Colombia.

¿Cómo reaccionará el amargado, el frío de alma, cuando escuche a su niño decirle: Papi, yo quiero una bici, quiero ser como Carapaz”. ¿Cómo le explicará a ese niño, sin romperle el corazón, que eso es una novelería? Siento que somos un país tibio, que prefiere estar en la sombra, que no deja que los suyos se emocionen hasta las lágrimas y que ve en cada ilusión un atisbo de frustración.

¿De qué se alimenta uno si no es de ilusiones? Según el diccionario esta palabra tiene dos acepciones. La primera: “Esperanza, con o sin fundamento real, de lograr o de que suceda algo que se anhela o se persigue y cuya consecución parece especialmente atractiva”. La segunda: “Sentimiento de alegría y satisfacción que produce la realización o la esperanza de conseguir algo que se desea intensamente”. Richard es ilusión, como lo fueron Jefferson, Álex Aguinaga, Rolando Vera o la Selección Ecuatoriana de Fútbol; como lo fue la Liga de Quito, Carla Heredia, Marlon ‘El Chito’ Vera, Andrés Chocho o Neisi Dajomes; tantos aunque siempre nos parezcan muy pocos. Aunque todo siempre nos parezca muy poco.

Lo de Carapaz importa. Importa para él como deportista e importa para nosotros, sus coterráneos, como habitantes de un lugar compartido. Porque lo necesitamos para recuperar las ganas. Lo necesitamos por los niños que no merecen la desidia y la apatía de ciertos adultos. Los niños necesitan creer para crear. Necesitan esa dosis de ilusión que les convenza de que cuando grandes vivirán en un lugar que sueña y que hace realidades. Por todo eso, les invito a que nos sumemos a esta ilusión, a que publiquemos nuestra alegría por el triunfo del que un día fue también un niño que imaginó la victoria a bordo de su primera bicicleta salida de la chatarra. Vistamos su maglia rosa y paseemos por las calles del lugar del mundo donde estemos cantando su victoria. Sin miedo y con los ojos brillantes de alegría como los de mi hermano, hace 23 años, brindemos a la salud de los que creemos.  

¡Gracias, Richard, por ser nuestra nueva ilusión movilizadora!

Richard Carapaz
Richard Carapaz. 2019 Giro d’Italia. Etapa 21: Verona (ITT / CRI). Foto: Movistar Team Colombia.

7 COMENTARIOS

  1. Que buen artículo, gracias por todas estas palabras. Así es necesitamos esta ilusión para seguir caminando!!

  2. Bravo Camila, no solo escribes muy bien …transmites emociones he llprado, e vuelto a sentir lo que está mañana vivimos , estaba con papá e hijo. …cuando Jefferson Pérez ganó Pedro estaba de días…..y , dándole de lactar gritaba por Jefferson …Camilita, también reviví lo que hace 23 años , un día de julio, en las olimpiadas …..gracias

  3. Que bien. Las ilusiones de esta semana pasada han sido varias. Muchos deportistas conquistaron puestos importantes en diferentes deportes, llenando de ilusión a los ecuatorianos y demostrándonos que con trabajo y esfuerzo se logran las victorias. Y sembrando esperanzas en la oscuridad.

  4. Creo que todas y cada una de las palabras del texto encierran enormes verdades, tanto lo positivo y lo negativo que se desprende de muchos rasgos de nuestra manera de ser. El 2 de junio viví ese inolvidable momento en que una persona alcanzaba una gloria tan inmensa al ganar una de las tres grandes del ciclismo; del mismo modo recordé de inmediato la épica gesta de Jefferson Pérez en Atlanta, una mañana que mis padres me levantaron a observar una transmisión en la que yo, con apenas seis años de edad, pude escuchar, casi sin entenderlo, el llanto de alegría de quienes comentaban dicha premiación. Algo parecido debió suceder en 1990 cuando los ciudadanos disfrutaron la victoria de Andrés Gómez en Roland Garros. Nuestros héroes deportivos han sido fenomenales por el alcance que han tenido, sin embargo estoy seguro que hay muchísimos más heroísmos en distintas facetas de los ecuatorianos que deben ser reconocidos y valorados a pesar de no haber gozado de aquella presencia mediática, lo que en resumen debe convencernos de que nosotros no somos menos que nada ni nadie. Muchas gracias y felicidades Camila por tan emotivo artículo.

  5. Excelentes palabras que nos llenan de ilusión por días mejores y que nos motivan a seguir siempre luchando por hacer siempre el bien….. Felicitaciones.

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