Inicio Libertades El paso, el zapato, la pisada

El paso, el zapato, la pisada

El 25 de noviembre de cada año se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la mujer. Varios países alrededor del mundo se manifiestan en plazas y calles para luchar por sociedades equitativas y por erradicar esta lacra global. «La violencia contra las mujeres y las niñas es una violación de los derechos humanos, una pandemia de salud pública y un grave obstáculo para el desarrollo sostenible", dijo Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU.

Instalación artística «Zapatos Rojos», réplica de la obra de Elina Chauvet, en la Plaza Mayor de Valladolid, en 2015, con motivo del Día Internacional contra la Violencia de Género - F. HERAS / abc.es

Por Cristina Burneo Salazar

En el 2009 nació en Ciudad Juárez la acción Zapatos rojos, de la artista Elina Chauvet. Por cada mujer muerta, un par de zapatos simbolizaba su ausencia. La acción de Chauvet se replicó en ciudades de América Latina y España y empezó a tener vidas propias. En Ecuador, se ha hecho en Ambato, en Ibarra, en Quito. Por cada vida arrebatada, sus zapatos, para no olvidar.

Póngase en mis zapatos. No vi venir el golpe, pensé que eran amenazas. De pronto, me sangraba la boca. Vi sangre mía en la refrigeradora, me parecía de otra persona. Juro que nunca más. No me fui porque no tenía a dónde ni trabajo para mantenerme. No me fui por miedo. Luego, me fui por miedo. Me encontró en casa de mi hermana. Póngase en mis zapatos. Me regresé con él, no conozco otra cosa. Me dijo que la próxima que me salga, me sigue con un cuchillo. Me sacó del brazo, me fue sacudiendo hasta la parada del bus.

Ya no quería estar con él. Empecé a jugar fútbol, a hacer amigas en el barrio. Me acusó de lesbiana. Me empezó a gustar una de mis amigas, era linda. Nos mandábamos mensajes por el teléfono, me daba ilusión. Eso le hacía sentir menos hombre. Póngase en mis zapatos: por primera vez me enamoraba de verdad, no tenía miedo, quería contarle a mis hijos. Me amenazó con suicidarse si lo dejaba. Llegó borracho a la casa y me apuñaló hasta quedarse sin fuerza. Mis hijos vieron todo. Me vieron muerta. Vieron a su padre asesinar a su madre.

Póngase en mis zapatos. ¿Tiene hijos usted? Yo pensé que mi niña estaba esa tarde en el conservatorio. Me quebré de la incertidumbre. No estaba por ningún lado. Toda la noche buscando, averiguando. La noche más oscura del mundo es la noche en que se busca a una hija desaparecida, se nos rompe el cuerpo de la angustia. A la mañana siguiente me volvió el alma, me llamaron del colegio. Ahí estaba mi pequeñita. Se me hacían cortas las piernas hasta llegar. ¡Por fin! Cuando llegué, vi a mi hija muerta en el jardín de la escuela. No me avisaron cuando me llamaron. ¿Usted podría volver de algo así?

Lo que me encantaba ser mujer. Es que una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma, como dice Agrado en la película. Yo me llamaba Salomé desde el 2008. Elegí mi nombre como elegí las formas de mi cuerpo: con fascinación de artista. Todo era nuevo, mi voz, mis ganas de llorar, la sonrisa. Él no me conocía, pero yo lo veía en la cevichería de mis amigas. Nos parqueamos detrás de una mecánica. Póngase en mis zapatos: las ganas. Algo lo enfurecía, verme, desearme. Del deseo más vivo pasó al odio más profundo. Tenía una navaja. Lo primero que pensé es que me podría perforar el pecho. ¿Saldría sangre, silicona, una mezcla de las dos? Cuando me degolló, mató a una mujer, no a otro hombre. Por lo menos si mi lápida dijera mi nombre. Me enterraron hombre tras asesinarme mujer, como si Salomé no hubiera existido nunca.  

Es que a mí me gustan las fiestas. Mi mamá me dice que no me vista así, pero si soy linda, ¿por qué no? A esa casa fui con mi mejor amiga. Nos dieron a probar una cosa y yo probé porque todos hicieron lo mismo. Después de eso ya no me acuerdo bien. Ese chico me gustaba pero sólo para salir. Me llevó a un cuarto, yo no quería. Me quise escapar pero me pesaba la cabeza. Quería que mi mamá me fuera a recoger, que mi papá apareciera en la puerta, que alguien viniera y me lo sacara de encima. Mi mamá se quedó sin hija. No pude después de eso. Ellos casi me mataron esa noche, luego me di muerte yo. Póngase en mis zapatos: verlos en la calle reírse de mí, amenazarme, recordarme que hicieron lo que quisieron…

Los zapatos solo pueden dejar huellas llevados por el peso del cuerpo que los viste. Si no hay cuerpo, ¿qué huella deja un zapato sin pisada? En los zapatos ya no está el cuerpo de las que han muerto, pero las otras vienen a recoger sus pasos para convertirlos en memoria. Los zapatos no calzados por toda una vida, para recordar esa vida y no dejar que se apaguen otras. Para caminar, póngase en mis zapatos, es lo que queda de mí.