Por Samuel Uzcátegui / @samueluzcv

Simón (Nick Robinson) es un chico de 16 años que tiene un ‘gran secreto’. Es gay y a pesar de tener padres comprensivos y una hermana que lo apoyan, así como un grupo de amigos cercanos, no se siente preparado para hacerlo público. Hasta que en un blog de la comunidad de su escuela un chico, bajo el seudónimo de Blue, sale del clóset. Simón, motivado por esa publicación, contacta a Blue y empiezan a mantener una relación amorosa a través de correos electrónicos.

Mientras Simón intenta descifrar la identidad de Blue, un joven llamado Martin (Logan Miller) descubre su secreto y lo chantajea amenazándole con contárselo a todo el mundo, a menos que a cambio le ayude a conquistar a Abby (Alexandra Shipp), una de sus mejores amigas. El protagonista decide sucumbir ante el chantaje, a pesar de que se ponga en riesgo a todo su círculo de amistades y también su relación con Blue.

Yo soy Simón
Nick Robinson, actor que interpreta a Simón, fue elegido por Greg Berlanti para el papel en 2017. Fotograma del filme.

La relación de Simón y Blue escala progresivamente. Entre ellos comparten experiencias y se apoyan mutuamente. Simón se siente inspirado por Blue y empieza a cuestionarse: ¿por qué el homosexual tiene que salir del clóset? En un ridículo escenario, la película plantea este dilema pero al revés, mostrando a chicos heterosexuales confesando su secreto a sus padres.

La cinta se pregunta por qué en una sociedad tan heteronormada hemos construido la idea de que el gay es quien debe salir y mostrar que no es como los demás, sometiéndose al escarnio público. De cierta manera esa crítica muta hacia la misma industria que produjo la película –la gran maquinaria de Hollywood–, que por décadas estereotipó a la homosexualidad y cercenó cualquier oportunidad de abrir un debate sobre las diversidades sexogenéricas, y auspiciando en su lugar discursos de odio. Yo soy Simón da cabida a discusiones postergadas o censuradas, y las presenta de una manera casi didáctica mediante la comedia light.

“Por décadas, Hollywood estereotipó a la homosexualidad y cercenó cualquier oportunidad de abrir un debate sobre las diversidades sexogenéricas”.

La fortaleza de un filme como este puede residir en su determinación y en la voluntad por abordar la problemática que enfrenta Simón, pues sus dilemas personales aparecen tal como se presentaría cualquier crisis adolescente en cualquier comedia romántica. Yo soy Simón es la primera película enfocada en un romance gay adolescente producida y distribuida por grandes compañías de Hollywood como Fox 2000 Pictures y 20th Century Fox. Es la cúspide de la inclusión para un grupo históricamente oprimido. Aunque llegó tarde.

Su director, Greg Berlanti, mejor conocido por ser el creador de la serie Arrow, y por producir múltiples series para adolescentes, es gay confeso y tiene presente a la comunidad LGBTIQ+ en casi todas sus producciones. Desde hace un tiempo, con Arrow, ha intentado derrumbar ese cliché creado por las industrias culturales según el que cada vez que hay un personaje homosexual éste se caracteriza como ese hombre que no es tan hombre, o como alguien exageradamente amanerado.

Simón y Leah llevan una amistad de más de una década. Leah es interpretada por Katherine Langford, mejor conocida por ser Hannah Baker en 13 Reasons Why. Fotograma del filme.

“Yo soy Simón es la cúspide de la inclusión para un grupo históricamente oprimido como los homosexuales, aunque llegó tarde”.

Con solo ver el póster promocional, cualquiera pensaría que Yo soy Simón es una película más de tantos dramas adolescentes producidos en serie. Fácil sería suponer una trama en la que Simón es el galardonado atleta y su interés amoroso por la líder de las porristas desata un conflicto. Pero no. Simón es un hombre agraciado físicamente, con mucha confianza en sí mismo, muy lejos del estereotipo hétero del homosexual. En una escena, él mismo se pregunta si debería cambiar su vestimenta para intentar ajustarse al modelo. De hecho, en su escuela hay un único gay confeso, Ethan (Clark Moore), y es justamente ese estereotipo construido por Hollywood al que Simón se contrapone. Contrastar el perfil de ambos personajes es enriquecedor para el espectador y nos permite enterrar prejuicios y destruir estereotipos.

Simón, hablando con Ethan, el único gay confeso de toda su escuela. Fotograma del filme.

El ambiente que rodea a Simón es seguro, quizá demasiado privilegiado. Los hechos tienen lugar en Atlanta –en el estado de Georgia–, una de las ciudades más gay-friendly de todo Estados Unidos. La ausencia de bullies y su capacidad de defenderse a sí mismo dejan de lado diferentes aristas del problema, pero el mensaje general es la posibilidad de la normalización de la homosexualidad. Es el indicio de un giro histórico en una industria a la que le urge renovarse.

Yo soy Simón es una película que huele a esperanza, es una historia que agrada, es cálida y sensible. Un game-changer para Hollywood, que aunque lo haga por fines de lucro, ha decidido sintonizar con las luchas más trascendentes de la vida contemporánea.


Samuel Uzcátegui es estudiante de Periodismo de la Universidad de Las Américas, en Quito. Tiene 18 años. Nació y creció en Táchira, Venezuela, y se mudó a Ecuador en septiembre del 2018. Es columnista de opinión en el periódico digital La República.

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