Por Gabriela Montalvo / @mgmontalvo

Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu) telefónica realizada telefónicamente entre mayo y junio de 2020, cerca de 700 mil personas habrían perdido su empleo durante los meses más duros de la pandemia.

La encuesta, descrita por el  Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) como una “operación estadística emergente [para] generar información sobre el mercado laboral ecuatoriano durante la emergencia sanitaria por el Covid-19”, mostró que más de la tercera parte de quienes aún conservaban su empleo, trabajaban en condiciones inadecuadas.

Sin embargo, el 15 de octubre del mismo año, el INEC publicó los resultados de la Enemdu correspondientes a septiembre de 2020, en la que se dice que 477 mil personas habrían salido del desempleo entre junio y septiembre. Esto se reflejaría en la recuperación del empleo pleno, que habría pasado de 16,7% en mayo/junio a 32,1% en septiembre, así como  en el descenso en el subempleo, que habría disminuido de 34,5% a 23,4%.

Pero, conviene ser cuidadosos con el entusiasmo. En primer lugar, el mismo INEC advierte que los resultados de la Enemdu telefónica no son estrictamente comparables con los de la Enemdu regular, ya que las restricciones de movilidad ocasionadas por la pandemia incidieron en la metodología de levantamiento de información.

Haciendo un análisis interanual, se puede ver que la tasa de desempleo se incrementó de 4,9% en 2019 a 6,6% en 2020, lo cual implica que más de 115 mil personas han perdido su fuente de ingresos. En cuanto a la tasa de empleo adecuado pleno, el porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) que tiene un trabajo a tiempo completo y que gana al menos el equivalente al salario mínimo vital, pasó de 38,5% en 2019 a 34,4% en 2020. Esto implica una caída de 22% en este rubro.

En otras palabras, más de 700 mil personas en Ecuador han dejado de tener un trabajo adecuado en este período, mientras que el subempleo y el denominado “Otro empleo no pleno” afectan al 53,2% de la PEA, es decir, a más de tres millones 900 mil personas.

Todo ello se da junto a desalentadoras cifras respecto de las condiciones de vida de la población: según el índice de pobreza por ingresos, una de cada cuatro personas debe sobrevivir con menos de 85 dólares mensuales, y casi una de cada diez sobrevive con menos de 48 dólares al mes. La pobreza multidimensional, que evalúa las condiciones de vida, afecta de manera extrema al 16,9% de la población, mientras que más de la tercera parte de ecuatorianos no satisface ni siquiera sus necesidades básicas, de acuerdo con datos del mismo INEC.

Así, aunque a primera vista las cifras de la encuesta de septiembre parezcan alentadoras, el hecho es que reflejan una terrible realidad: la ampliación y profundización de la precariedad laboral en el país.

Y la referencia a la precariedad no es casual, considerando que esta palabra viene del Latín preces, que significa ruego, súplica, falta de recursos, pobreza. Trabajar en condiciones precarias implica, entonces, encontrarse en una condición de constante demanda por lo requerido para subsistir.  

La Ley de Apoyo Humanitario y su Reglamento son instrumentos legales que permiten modificaciones en las condiciones económicas de los contratos de trabajo, aplicables de forma obligatoria incluso a trabajadores que, siendo minoría, no hayan aceptado el acuerdo; posibilitan la disminución de la jornada laboral hasta en un 50%, es decir hasta un mínimo de 20 horas semanales; permiten la definición de períodos de vacaciones por parte del empleador, entre otros, constituyéndose en el marco legal que abre la puerta a la precarización. 

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¿Ser tu propio jefe?

Para suavizar el impacto de este proceso de empobrecimiento, se ha querido imponer un concepto forzado de emprendimiento y la idea de “ser tu propio jefe”, como salida ante la necesidad. Este relato se refuerza constantemente por autoridades y ciertos medios de comunicación cuando se califica como iniciativa emprendedora a la venta ambulante o a pequeños negocios que ponen en riesgo la salud y el tiempo de las personas. Pero también cuando se promueven créditos productivos o de reactivación para casi cualquier ámbito, sin tener en cuenta las condiciones de producción, de trabajo y de vida de los distintos sujetos y sectores.

Así, por ejemplo, se ofrecen créditos para la reactivación del sector cultural, sin tener en cuenta que solo el 50,1% de los artistas recibe ingresos mensualmente, o que el 59,2% afirma no tener capacidad de ahorro, y la tercera parte de ellos tiene ingresos menores al salario básico. Los datos provienen de una encuesta realizada por el Observatorio de Políticas Culturales de la Universidad de las Artes.

Tanya Sánchez es acróbata, actriz, artista circense y productora escénica. Después de haber estudiado y trabajado varios años en Chile, ella y su pareja regresaron a Ecuador en 2012. Percibieron que en este país había un contexto económico, político y social en el que “iban a empezar a pasar cosas” en el campo de las artes. Pero, según describe luego Tanya, esto duró poco. “Como el país estaba bien, fueron cinco o seis años en los cuales tuvimos trabajitos. Fueron cinco años de burbuja, nos sobredimensionamos”.

Ese sobredimensionamiento, sumado a que -como esta artista reconoce- “comí el cuento de la economía naranja”, los llevó a pensar su actividad como una empresa y “en vez de comprar una casa, de hacer una inversión como por los bienes de la familia, nos decidimos por invertir en ‘la empresa’, compramos nuestra carpa de circo, nos endeudamos para comprar una van que nos permitía toda la movilidad de las giras, teníamos a nuestra gente bien pagada…”. 

A partir de 2015 la situación empezó a cambiar. La economía bajó su ritmo de crecimiento y el trabajo disminuyó también en el campo artístico. Tanya cuenta que entre 2012 y 2015, las tarifas se redujeron en un 40% y ahora, mucho más. “Si tú antes (en 2012) podías cobrar mil dólares por una función, tres años después ya eran 600 y ahora ya son 400).

Esta situación, sumada al desgaste físico por su actividad, ponen a Tanya en una situación de vulnerabilidad, pues “a los 40 años, cual futbolista, ya estás despachado”.   “Ahorita yo ya enfrento ese problema, ¿cómo sostengo ese nivel de tres, cuatro funciones al día, que era lo que me permitía a mí tener un piso, con este mismo cuerpo ya de 40 años?”. Tanya deja en claro que el “emprendedor creativo” es una utopía de la cual ella se ha desencantado. “Siento que nos hemos disfrazado a nosotros mismos en ese discurso de ‘sí podemos’, con ese entusiasmo que tenemos, y no hemos dejado ver la fragilidad que somos”.

Esta fragilidad empeoró con el confinamiento y con las restricciones impuestas por la pandemia: “A mí la pandemia me tocó con tres dólares en el bolsillo. Nosotros veníamos de un círculo en el cual trabajábamos el fin de semana para tener para la semana […] y el día jueves (12 de marzo), dicen ¡ya no hay funciones el fin de semana! 

Y si bien durante la cuarentena pudieron subsistir gracias a funciones digitales, ahora la situación es más complicada: “Yo mayo, junio y julio trabajé mucho más de lo que trabajé ahora en la reactivación, porque (durante esos meses) estábamos haciendo nuestras interacciones virtuales; como la gente estaba encerrada había más consumo de las cosas digitales; después, cuando vino la reactivación, la gente ya ni consume digital ni asiste presencial. Entonces, en este punto estamos muertos”.

En esas circunstancias, a Tanya le cuesta considerarse empresaria o emprendedora, menos aún puede pensar en un crédito de reactivación. “Estamos en el proceso de pensar qué se pone en la mesa ahorita. Yo no sé qué vaya a pasar (…) cuando me pongo a pensar en hacer un plan de negocios. Pienso: ‘cómo, con qué voy a pagar este crédito’, si proyectar un mercado para nosotros ya era superdifícil hace cuatro años, ahora con la pandemia es una utopía el mercado de las artes escénicas”.

El empleo en Ecuador, puertas afuera

El emprendimiento tampoco es la primera opción para las trabajadoras domésticas, quienes en muchos casos, ante la disminución generalizada de los ingresos, perdieron sus trabajos a tiempo completo y comenzaron a laborar a medio tiempo, o por días y en varias casas. El trabajo a medio tiempo redujo sus ingresos a la mitad, pero no siempre se cumple ese horario reducido. Los costos de transporte son los mismos y también son iguales las necesidades de la cotidianidad, como con quién dejar a los hijos pequeños, quién se encarga de su propia casa…

El trabajo por días implica tener varias patronas o patrones, pero sin que ninguno de ellos asuma la responsabilidad de afiliarles a la seguridad social.

Bajo esta modalidad, cada día deben realizar tareas que en otros casos se repartirían en la jornada semanal. Tampoco la remuneración es la misma en cada casa y no hay períodos de vacaciones ni pago extra por trabajos de fin de semana o días feriados.

Francisca Merino tiene 37 años y tres hijos. Su primer esposo falleció en 2012 en un accidente de trabajo en Estados Unidos. Él era albañil. Salió del país en 2004 en busca de un mejor futuro para su familia. Cuando eso sucedió, ella, aún con dos pequeños a su cargo, empezó a trabajar como empleada doméstica. Las cosas entre ellos no pudieron continuar a la distancia. Se volvió a casar y ahora tiene un tercer hijo de tres años. Sigue trabajando en el servicio doméstico, pero hace más de dos años perdió su último empleo estable. Desde entonces trabaja por días, en distintas casas. Hasta antes de la pandemia, Francisca tenía trabajo para los cinco días de la semana, o “por lo menos para cuatro”. Ahora le quedan apenas dos.

Francisca fue una de las casi 700 mil personas que perdieron su empleo durante el confinamiento, y aunque de acuerdo con las definiciones oficiales ya no estaría en el desempleo, su situación es vulnerable. No tiene contrato ni está afiliada en ninguna modalidad al seguro social. Trabaja solamente dos de los cinco días de la semana, con lo cual suma un ingreso que no llega ni a la mitad del salario mínimo vital. Su esposo no ha encontrado trabajo en todo el año, por lo que, juntos, venden comida los fines de semana para complementar el ya exiguo presupuesto familiar. Francisca cuenta que su situación es “estresante, es desesperante. Hay días en los que no hay para comer, porque yo vivo del trabajo diario”.

Al preguntarle sobre la posibilidad de que acceda a un crédito para un negocio, dice que no tiene ningún bien que sirva de garantía y que tiene “terror a los bancos”. Para ella, es suficiente con las deudas que aumentaron durante el confinamiento, porque “aunque decían que no importa que no paguemos (los servicios básicos), igual toca cancelar, no es que perdonan eso”, y en su caso recurrió a préstamos con familiares durante el tiempo en que casi no tuvo ingresos. Además, las dos personas para quienes trabaja le siguieron enviando dinero durante ese tiempo y ahora se ha visto en la obligación moral de devolver ese dinero con tiempo de trabajo.

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Comunidad, cooperativismo y pluriempleo por dignidad

Pero la precariedad afecta también a otros estratos socioeconómicos, aparentemente más sólidos.

Fernando (nombre ficticio) ha trabajado en la industria financiera por más de 25 años. Fue despedido de una reconocida institución financiera en plena cuarentena. Aunque se adujeron motivos económicos, él sabe que su desvinculación se dio para evitar las responsabilidades que la jubilación patronal acarrea para una empresa. Si bien encontró un nuevo trabajo y recibió la liquidación que determina la ley, pasó de encontrarse en una situación de estabilidad a una de incertidumbre. Ahora, Fernando ya no trabaja en relación de dependencia, sino brindando servicios profesionales que se pagan mes a mes y no suponen ninguna obligación adicional para la empresa. Sus ingresos se han reducido en un 40%. Para él, la publicitada figura de “ser tu propio jefe” se reduce al hecho de engrosar las filas de la afiliación voluntaria del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social.

La precariedad, entendida como inestabilidad, como inseguridad, como miedo, como debilitamiento del trabajador, afecta a distintos grupos de personas.

Ante esta situación, que lleva al límite del ruego y de la súplica, al límite de aceptar “lo que hay” para poder poner algo en la mesa, también han surgido acciones y reacciones de subsistencia y de resistencia.

Francisca se apoya en su familia y en las redes comunitarias que aún mantienen sus padres en el campo; Tanya es miembro de una cooperativa en la que cada miembro aporta según sus posibilidades y con la que han adquirido ya tierras para construir viviendas, pero también para sembrar y empezar a producir alimentos para el autoconsumo y el intercambio; Fernando ha iniciado nuevos estudios para continuar con su antigua carrera de docente.

Así, quienes se enfrentan a la precariedad y a la vulnerabilidad se sostienen y se apoyan entre la cooperación, la solidaridad y el pluriempleo; generando redes que les permitan mantener la dignidad.

Texto e investigación: Gabriela Montalvo. Infografías: Nicole Pabón. Dirección audiovisual: Jonathan Venegas. Guion de video: Diego Cazar Baquero, Jonathan Venegas, Nicole Pabón y Dagmar Flores. Presentación: Dagmar Flores. Diseño: Nicole Pabón.


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1 COMENTARIO

  1. Bueno el INEC es una entidad estatal por ende emite informes que respalden la «gestión» de este gobierno. Es obvio que la situación económica es grave y más aún con la corrupción y pandemia. Que se puede hacer no sabemos, es muy díficil aplicar medidas que permitan rescatar la escuálida economía y con este gobierno en salida y en campaña política veo un panorama complejo.

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