Por Damián De la Torre Ayora / @damiandelator

Conozco un empleado
que fue muerto de pena
enamorado de las sirenas;
el cine de mi barrio
ya me mostró la escena,
no vi tu alma y quería tus venas
.

Charly García (Filosofía barata y zapatos de goma)

La vida sin cicatrices no sería vida, al igual que la literatura. Son las huellas de la existencia, la hoja de ruta de nuestras experiencias. Al coserlas en un libro, que no necesariamente son lo que se ha vivido (o representan fidedignamente a quien lo inspira), brindan un efecto catártico para quien escribe. El lector, por su parte, siempre experimentará una catarsis, pues se liberan recuerdos al enfrentarse a la tragedia. Pues persiste un acto de purificación en la contemplación.

Y es que un libro no solo se lee, también se contempla, mucho más cuando tiene el calibre de Ulises y los juguetes rotos, publicado por Seix Barral (2022) y que ya cuenta con su segunda edición. Su autor, Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977), apuesta por una novela con un tinte muy diferente a lo que venía trabajando en su narrativa, así como con su voz poética. Una obra en la que demuestra que es un todoterreno de las letras, porque en medio de su novela aparecen cuentos y hay que decir que los cuentos son su mayor fortaleza.

Sí, Carrión es uno de los poetas más significativos de su generación, su Demonia Factory está condenada a ser uno de los poemarios antológicos de la literatura ecuatoriana; como crítico ha mostrado filosos y feroces ensayos literarios; y en su faceta de novelista lo quema todo con su Incendiamos las yeguas en la madrugada (Premio Casa de las Américas); conmueve los huesos del lector con Un hombre futuro y lo eleva en El vuelo de la tortuga (Premio Miguel Donoso Pareja). Con su Ulises no solo ratifica su fuerza narrativa, sino que muestra su potencia cuentística.

Ernesto Carrión
Ulises y los juguetes rotos cuenta con su segunda edición.

Su Ulises tiene un guiño al de Joyce, una travesía como la de Homero, pero, sobre todo, una sirena de la que no huye para que su canto sea un eco que no se pierde entre las montañas. Mucho menos en México, donde se desarrolla la obra. Ese eco es Ulises Juárez, escritor nicaragüense, quien murió y al que Carrión dedica su libro. Ambos coincidieron gracias a una beca, y si bien el libro no expone lo que vivieron (o en parte sí), termina siendo el mejor resultado de esa experiencia porque vivifica a la ficción.

Justamente, la novela arranca con el encuentro de cuarenta becarios. Escritores, artistas, músicos y dramaturgos llegan a México gracias a un programa de creación. “Ulises aún desconoce que hay dos tipos de escritores en el mundo: los que se traicionan a sí mismos y por eso escriben, los que traicionan a los otros y por eso escriben”, cuenta Carrión, quien parecería que no se traiciona gracias a su prosa honesta, lo que no quiere decir que no mienta: escribir tiene algo (o mucho) de mentira, y la mentira es una virtud de la imaginación.

Ulises no tiene apodo, pero igual miente. El resto de los escritores sí tienen apodos, igual mienten. Ulises parece el más sensato, pero no importa porque el desenfreno está a la vista y es lo menos que se espera cuando un grupo variopinto está lejos de casa. Así, en su travesía aparecen el guayaco Río Carcelén, quien se convierte en Calibán y muestra sus debilidades frente al alcohol, las drogas y la española Lollipop; Ramiro Cueva, quien es nombrado La Madre; José Carlos López, quien pasa a ser El Tramoyista; María Justa Benítez no deja su primer nombre, pero se transforma en María La Escamada; Lía Rangel es ahora Blancanieves, y así una fauna del mundo cultural atrapa entre las 370 páginas gracias a sus (des)venturas en medio de sus aventuras.

Pero no solo lo caótico y los excesos se imprimen. Una de las acciones más representativas de la novela está en exponer la precariedad en que viven quienes apuestan por el ámbito de la cultura. Sin caer en panfletos políticos, la posibilidad que brinda el mundo del lenguaje le permite diseccionar a un sistema enfermo en cuanto al apoyo para escritores y artistas. Los tropiezos burocráticos, las trabas en los escasos fondos estatales, el raquítico mecenazgo y el síndrome de pulpo que viven los gestores culturales (deben hacer malabares con varias actividades para subsistir) pueden apreciarse en la escritura de Carrión. Es decir, más que lo caótico, la fragilidad de un sistema injusto con lo artístico queda a la vista.

Mientras que el sonido también se escucha a través de los ojos, porque esta propuesta literaria tiene una melodía que entra por la retina. La sonoridad de un resucitado Gustavo Cerati, la psicodelia melancólica de Pink Floyd y el vértigo del rodar de las piedras de los Rolling Stone son parte de la novela, que se ambienta en la tierra que puede ser Tu cárcel gracias a Marco Antonio Solís, y donde el mariachi más mero, mero macho se rinde frente a Juan Gabriel. La tierra donde Roberto Bolaño pudo ser un detective salvaje y que le permite a Carrión, con una meticulosa lupa, seguir sus pasos y plantar sus propias huellas.

En definitiva, se está frente a una juguetería de la palabra, cuyas perchas tienen juguetes rotos tal como a veces se encuentran nuestros cuerpos y almas. Pero, aunque no haya reparación, siempre quedan las ganas de jugar, “y vivir es jugar” y uno “quiere seguir jugando”, como diría Andrés Calamaro, como lo hace Carrión con la plasticidad del lenguaje, con el barro de la literatura.

Ernesto Carrión
Carrión durante la presentación de Ulises y los juguetes rotos junto con Roberto Ramírez, Eduardo Varas y Mariella Toranzos. El escritor Ernesto Carrión explora al cuento desde la novela en su nueva propuesta literaria.


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