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En democracia ganaría la abstención

Democracia es un término que parece haber perdido sentido en los tiempos que corren. Algunos de los hechos más importantes de la política internacional así lo demuestran. Hechos históricos como el proceso de paz en Colombia, el Brexit en Reino Unido, y ahora mismo, la elección de Donald Trump como presidente de EEUU así lo demuestran.

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Democracia. En la viñeta original, Mafalda descubre el origen etimológico de la palabra democracia y se mofa de ella al comprobar que no tiene nada que ver con su puesta en práctica.

Por Juan Francisco Trujillo / @JuanfranT

Estamos instalados en la concepción aristotélica de que la democracia encarna el gobierno del pueblo, el gobierno de muchos, el gobierno de la multitud, en el que impera la voluntad de las mayorías.  

Poco a poco, esta forma de organización del Estado instituyó a las elecciones universales como una de las aristas más visibles de expresión de esa “voluntad” a través de la representación popular. Pero, el devenir de las circunstancias actuales alrededor del mundo provoca un fenómeno creciente: la abstención y la anulación del voto se convierten en el denominador común de los procesos electorales. El hecho de concurrir a elecciones cada tantos años ya no está acompañado por la ilusión de representación que se contraponía a los regímenes establecidos hasta el periodo de entreguerras.

Sucesivamente se comprueba que el derecho a votar se convierte en un tema en el que solo inciden votantes que tienen sus intereses en juego, una minoría dura. Paralelamente, la desafección por lo político carcome las estructuras de sociedades globalizadas cuyas generaciones más jóvenes acusan un profundo descrédito en el sistema que se suman al desinterés por la participación ciudadana en la esfera pública y la antipatía que van generando los partidos tradicionales como canales fracasados de representación política.

En el referéndum por el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC la abstención llegó al 62.6%, siendo la más alta en los últimos 22 años. En España, durante las elecciones generales del 2016, se registró un 30% de abstención y en el referéndum que decidiría el Brexit el indicador fue de un 28%.

Sucede que el peso de los niveles de abstención se convierte en una variable determinante en procesos electorales. El último caso es EEUU, donde 125 millones de personas (poco más de un tercio de la población total) acaba de decidir el futuro del país dándole el control del Capitolio y de la Casa Blanca a los republicanos. Sin embargo, solo 36% de los potenciales electores se decantó por la opción demócrata o republicana. A esto hay que añadir que al menos el 31% de las personas habilitadas no salió a votar o no se registró para hacerlo, un 7% no puede ejercer derechos de ciudadanía y un 23% es población que se encuentra por debajo de la edad legal para acudir a las urnas.

Una serie de medidas, fomentadas por los republicanos y orientadas a dificultar la inscripción y participación de electores culminó con una sentencia el año pasado del Tribunal Supremo, por lo que a partir de este año el voto de las minorías étnicas no está protegido bajo la ley federal, esto supuso una reducción de su participación en la contienda.

En un análisis más frío del escenario, queda claro que no es solo la clase trabajadora empobrecida, de origen étnico blanco y con bajo nivel de estudios la que le ha dado la presidencia a Trump, como han querido insistir las grandes cadenas mediáticas durante toda la campaña (de hecho, entre los votantes que tienen ingresos menores a 30.000 y un máximo de 50.000 dólares al año, es Clinton quien se impone). Son también  personas con un nivel de ingreso medio y alto, profesionales de todas las ramas con estudios universitarios o superiores golpeados por la crisis y que ven en la élite política de Washington a la culpable de la deriva del país (entre los votantes con 50.000 dólares o más de ingresos al año Trump gana).

La capacidad de movilización de la militancia republicana queda de manifiesto al comprobar que los 59 millones de votos que obtuvo Trump (18% del padrón) el pasado martes son prácticamente las mismas cifras que obtuvo John McCain hace ocho años. En contrapartida en la tienda demócrata Hillary Clinton perdió unos 9 millones de votos respecto del mejor resultado de Obama en 2008, cuando el entonces candidato obtuvo 69.4 millones de votos, ganando delegados en Estados clave de la Unión.

Son solo unas cuantas cifras de un proceso que dará mucho de que hablar y como resultado, una minoría de la población ha vuelto a tomar las decisiones que la mayoría no quiere asumir.

De fondo está un tema común, la política y lo político se transforman cada vez más en un asunto de bravuconería, tiene más rédito el bacán del barrio, el que golpea la mesa, grita, insulta y te escupe en la cara las verdades que nadie más aborda, se trata de un cóctel donde las poses embadurnadas del más variopinto autoritarismo van abriéndose camino mientras la progresía todavía se pregunta cómo enfrentarlos, cómo apuntar a una organización popular factible, desestimando al mismo tiempo la campaña adversaria y su mensaje, invisibilizando a quienes los votan como un puñado de xenófobos, misóginos, ignorantes, violentos y paralíticos mentales.

En el horizonte ya aparecen las elecciones en Francia y Alemania, el corazón de una alicaída Unión Europea, donde la derechista extrema Marine Le Pen y los nacionalistas de Alternativa para Alemania ya se frotan las manos tras bastidores.

¿No será acaso que los candidatos y gobernantes que vemos aparecer en el espectro son síntoma de una enfermedad que se expande por el mundo?

La democracia, convertida en un Dorian Grey, evita mirar su propio retrato mientras la fachada está a punto de colapsar. La democracia, si todavía eso que llamamos así, existe.

1 Comentario

  1. El artículo escrito por el Sr. Trujillo me parece muy interesante y muy certero, lo he leído con mucha atención y estoy segura que toda la gente que lo haga tenga el mismo criterio
    Muchas gracias

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